Abogado

Créeme, este texto es un canto a la vida. A pesar del inicial título, su prolongación lo deja claro.

No hace falta ser general romano, ni desfilar por las calles sobre una cuadriga con un esclavo susurrando en tu oreja, para que la vida te dé inesperados aldabonazos recordatorios de que todo lo que empieza un día otro día acaba, sin tener en cuenta fechas ni calendarios, ni esperanzas ni expectativas. No hay prórroga, ni VAR. Llega, cuando llega y llega.

Hace unas pocas semanas fue un estimado profesor del Instituto del Agra del Orzán quien nos dejó. Ahora, un querido compañero del Colegio Eusebio Da Guarda: compinche de pupitre, amigo. Los parámetros escolares y de estudios constituyen unas estupendas dimensiones referenciales del paso de los años. También una magnífica ocasión para transitar del Memento Mori al Carpe Diem del que nos hablaban en clases de Literatura.

La vorágine y la celeridad de la vida nos ha privado, a lo largo de nuestra existencia, de disfrutar momentos irrepetibles, instantes únicos, tan efímeros como preciosos; fogonazos vitales que la carencia del don de la ubicuidad nos ha impedido paladear. Unas veces esas pérdidas han sido ineludibles; otras, muy probablemente, un error de apreciación y valoración, sin vuelta atrás. Nos conformamos con dejar vagar la imaginación, para recuperarlos, en oníricos viajes en el tiempo. Lo que pudo haber sido y no fue. Sin duda la nostalgia es el camino más idóneo para ir a ningún sitio.

Se habla con frecuencia de la crisis de los treinta, de los cuarenta, de los cincuenta…, como si infancia, pubertad o adolescencia hubiesen sido menos trascendentes; tiempos exclusivos de vino y rosas. ¿Habría alguna edad especial a la que uno retrocedería, si pudiera? Cada uno es cada uno y sus “caunadas”. Muchas disyuntivas, a cada paso una bifurcación: palabras dichas o sin decir; decisiones tomadas o arrugadas; besos no dados o a destiempo; caricias en el aire… Rememoramos, reímos, lloramos y, en pandilla, tras del enésimo relato de las sempiternas anécdotas que nos llevan a carcajadas y lagrimones de hilaridad, nos damos cuenta de que seguimos siendo (afortunadamente) los mismos idiotas de siempre.

Más allá de la fe y de las creencias, nadie sabe a ciencia cierta si hay otra vida, un Más Allá; si seguiremos viviendo reencarnados. Si hay otra vida, si nos reencarnamos y te encuentras en ese momento con un idiota, no seas cruel y concédele el beneficio de la duda. Podría ser yo.