En 1986, cuando llegué a Madrid, donde he vivido treinta años, era una capital a la que bautizaban con aquello  del “rompeolas de España” y el “poblachón manchegoi” llena de funcionarios, museos, embajadas y poco más. Hoy, es una ciudad-estado que lleva aspirando  como Drácula la sangre de esa España que dice defender con tanta pulserita, despoblándola, y centralizando toda su economía. Incluso ahora ha surgido con Díaz Ayuso una identidad madrileña para una población de aluvión. Y van a más. Todo eso  no augura nada bueno para nadie más que para los madrileños donde además, tras las elecciones  de mayo, la derecha y la extrema derecha campan por sus respetos. En definitiva cada día más España es Madrid y eso tiene consecuencias y todas malas.

En Deia el profesor de Derecho Constitucional y Europeo de la UPV/EHU, Iñigo Bullain escribió  un lúcido y muy interesante artículo del que transcribo su parte final porque pone el dedo en la llaga de lo que ahora es tan evidente. Dice así:

En algunos estados como España o Francia, la guinda y la mayoría  de las velitas del pastel se concentran junto a la capital nacional, mientras que en federaciones como Alemania o EE.UU. los recursos se han repartido entre distintos territorios y ciudades. Así, en Alemania, Frankfurt es la capital financiera; München es referencia del audiovisual; Colonia/Düsseldorf lo es para la moda; Stuttgart, de la industria automotriz; Essen, para la industria pesada, y Berlín, capital prusiana, ha recuperado la sede del parlamento y del gobierno. En EE.UU., Nueva York, Boston, Atlanta, Chicago o Los Ángeles son sedes de numerosas corporaciones, y el papel de Washington se centra en tareas de administración y gobierno sin acaparar sectores económicos. Por el contrario, quienes, desde Valencia, A Coruña, Barcelona o Bilbao apoyan el proyecto español contribuyen a la masiva concentración de recursos en Madrid. Los más exaltados incluso proponen la supresión de las autonomías, es decir, que los puestos de trabajo vinculados a la descentralización territorial también se trasladen a Madrid.

No mantener toda la administración del Estado en Madrid se ha subsanado concentrando allí la inmensa mayoría de la inversión pública y la que aportan las multinacionales, ser sede de las grandes empresas del Ibex o de los organismos de la administración central. El negocio vinculado a sectores como los bancos de inversión y fondos de capitales, grandes bufetes de abogados, gestoras inmobiliarias o los negocios asociados al BOE generan a su vez un tráfico de personas que alimenta a otros sectores, como la hostelería, la restauración o el entretenimiento que proporcionan a lugareños y visitantes las denominadas «cañas de la libertad». También la industria de la ficción comunicativa y de la información reside en Madrid, donde no hay sitio para otras culturas «españolas» que la dominante castellana. Así, aunque en Madrid es posible una escolarización en inglés, francés o alemán, en el publicitado crisol resulta imposible hacerla en euskara o catalán, como tampoco los efectos on line de la pandemia o la digitalización han alterado la relación centro/periferia o la perspectiva entre Madrid y provincias, tal y como se refleja en el discurso de los tertulianos que copan las televisiones y radios que emiten desde zona nacional.

Mientras el foco ilumina a quienes dan espectáculo subidos a los caballitos, los que mueven el tiovivo siguen haciendo piña y negocios. Para el proyecto aznarista de Madrid 10 millones, que se alimenta de parasitar recursos y de la mano de obra precarizada, desplazada desde los Andes o el Magreb –que también sirve como espantajo para atraer votos ultras– se trata de aumentar el volumen y el peso hasta resolver definitivamente y por aplastamiento el orteguiano problema de la falta de vertebración territorial.