Abogado

Mar, el mar, la mar. Creo que “mar” es una de las pocas palabras ante las que el corazón de mi admirado Arturo Pérez Reverte no fibrila aunque la lea precedida de los artículos determinantes “el”, “la”, o de ambos. Dicho sea, obviamente, con una sonrisa en el rostro y sin mayor alcance entre líneas.

No pretendo sumergirme ahora en debates sobre lenguaje no sexista inclusivo, ni profundizar en los matices sentimentales de “la mar” y “el mar”. Mi propósito es más humilde y sencillo. Solamente quiero hablar (¡ahí es nada!) de pasado, de presente, de futuro; en A Coruña: con el mar, la mar, el puerto. ¿Puede la Economía prescindir de la Poesía?

Para quienes somos de costa, constituye un privilegio impagable gozar de las ventajas que para el espíritu supone poder asomarse al agua infinita, la Mar Océana: desparramar la vista entre olas y espuma; intuir al amanecer los primeros rayos de sol asomando del agua; ver desaparecer al astro de fuego engullido por el horizonte marino. Hipnótico. Cada día con un matiz nuevo, con un color distinto. Cazar con la mirada instantes mágicos.

El mar trae, el mar lleva. Crece en la pleamar y mengua en la bajamar. La misma masa de agua muestra su fuerza en la tempestad y su sosiego en la calma chicha.

Mis recuerdos de infancia están impregnados de salitre, de la visión de decenas de barcos pesqueros atracados en los muelles; de mercantes descargando, de grúas en movimiento. Tiempos en que para los coruñeses deambular por el puerto era tan habitual como pasear por la calle Real o los Cantones. Aromas de pescado, de redes mojadas, de restos de algas. Gaviotas ruidosas revoloteando para pillar jugosos bocados. Bullicio de lonja. También hubo días para olores a humo, para nubes negras y tacto de chapapote. Nombres de petroleros en nuestra memoria individual y colectiva: el Urquiola, el Mar Egeo, el Prestige. Los humanos no tratamos al mar como se debiera. Ni al mar, ni a su costa.

Estamos ahora en A Coruña ante un momento clave para la historia de la ciudad. Un tiempo que marcará su devenir. Tras lustros de zozobras e incertidumbres sobre su puerto y los terrenos portuarios, con pasados convenios finiquitados, toca reinventar un motor económico y de convivencia. Si la fachada de la Ciudad de Cristal era la Marina, qué postal queremos pintar con los miles de metros cuadrados que se desafectaran próximamente. Toca mojarse. Sin adanismos, con ambición y conciencia.

Retos y reflexiones. Ya no podemos elegir de dónde venimos, pero sí podemos elegir a donde vamos; recordar de dónde venimos para saber hacia dónde queremos ir. Somos hijos de nuestros padres/madres; y padres/madres de nuestros hijos. Sin conciencia del legado intergeneracional las sociedades se difuminan y desaparecen, destruida su esencia. Una ciudad que creció alrededor de un faro (nuestra Torre de Hércules) y de un puerto no puede vivir ni desarrollarse sin sus raíces marinas.

 ¿Puede la Economía prescindir de la Poesía? El tiempo lo dirá.

Se han recuperado los paseos por el puerto. Es un comienzo.