Fui con mi hermano Koldo a la inauguración en el Museo de Durango de la exposición dedicada a José Mari Anzola, exposición que sus autores Iban Gorriti y Mauro Saravia han titulado “El Robert Capa vasco”. Mauro incluso dice que algunas de sus fotografías son superiores al mito del mundo de la fotografía. Y yo sin saberlo hasta hace muy poco a pesar del conocimiento que tuve de él, sus cartas y sus dibujos.

Si sabía que le gustaba mucho a Anzola la fotografía. La que está mi aita en el Gorbea como comisario del batallón Larrazabal la había sacado él. Había visto sus pies de foto en la revista Gudari creada en la guerra por Lauaxeta y sabía que su hijo Iker había donado esa magnífica colección a la Fundación Sabino Arana que ojalá pronto nos obsequie con una muestra de un material espléndido e inédito.

José Mari era uno de esos jelkides de los de  llamarle a Sabino el Maestro y no tolerar nada que empañara su legado. Pero no sabía lo que nos contó Mauro sobre su competencia que es profesor de la materia, en relación a su calidad artística.

Nuestras familias vivieron en Caracas en edificios vecinos de la Avenida Libertador. Ellos en el Bella Vista y nosotros en el Clara, donde  en la planta baja vivía uno de los grandes desconocidos y servidores de la causa vasca como Sabin Barrena, gudari y miembro de la célula de Madrid, por lo que estuvo encarcelado en Soria y de los Servicios. Vivía con su esposa la tolosarra Tere Urkiola y su hija Izaskun. Imagínense las tertulias de aquellos tres.

Hace un tiempo Iban Gorriti me preguntó si conocía a la familia Anzola. Gorriti es una aspiradora de datos históricos con los que escribe crónicas para Deia extraordinarias y que casi justifican un periódico nacido en 1977 por los vencidos de una guerra que querían hablar del futuro pero también de un pasado silenciado. Y de ahí surgió, gracias a los buenos oficios de mucha gente la exposición de Durango que cuenta, en lugar destacado, incluso con la máquina de fotos de Anzola.

El acto fue de los de contar por lo que nos dijo Mari, la esposa del hijo Iker Anzola que fue con su hermana Zuriñe y su hijo. El matrimonio de Iker y Mari tiene cinco hijos que estuvieron escuchando las palabras de los intervinientes, la directora del Museo, Garazi Arrizabalaga, Iban Gorriti, Mauro  Saravia e Iker a través de los móviles. Una vive en Alaska, otra en Nebraska, otro en Houston, una cuarta en Madrid y Zuriñe, ciega, que estuvo presente. Zuriñe pasó todo el programa al sistema Braille con lo que esta muestra es extraordinaria por muchas razones, entre ellas por ésta. Si su padre y abuelo hubiera visto la escena, fliparía a colores ante el avance habido en estos años desde cuando a él le enamoró trabajar con una cámara para dejar constancia de lo que vivía y veía, entre otras tragedias, las del bombardeo de Durango cuyas fotografías tienen gran fuerza.

La asistencia institucional fue representativa. Begoña de Ibarra Directora de Cultura  de la Diputación, la alcaldesa de Durango Inma Garrastatxu y Ane Abanzabalegi, el teniente alcalde Julián Ríos, tres  concejalas del EAJ-PNV  con Mireia Elkoroiribe, ganadora de las elecciones municipales, y Josune Escota y Ainhoa Ortueta, la portavoz del PSE, Jessica Ruiz  y suficientes medios aunque ETB no sacó ni un segundo. Veremos si en Semana Santa nos informan de algo, pues material tienen.

Anzola fue comandante del batallón Malato, refugiado en Iparralde, trabajó en  los Servicios de información  del Gobierno Vasco, coordinó los refugios del primer exilio  y falleció en Caracas suspirando por su Patria. Su hijo Iker me comentó que nunca comió alimento venezolano.

A los que les guste la historia de su pueblo les recomiendo esta exposición. Además de admirar el Museo que vale la pena, verán unas magníficas fotografías y el buen trabajo de Gorriti y Saravia que ojalá se mueva por otros lugares.