Abogado

Se atribuye al poeta cubano José Martí el señalar (como tópico objetivo vital) que cada persona debería, a lo largo de su existencia, plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Para un ser mortal, pura y simple ansia de trascender. Tras nuestro tránsito por la Tierra, de nosotros hablarán nuestras obras, nuestras acciones, nuestros ejemplos; de lo contrario será como si nunca hubiésemos existido. Pasar por el planeta sin pena ni gloria, sin dejar huella.

Conviene precisar, en todo caso, que tener un hijo y ser padre no son tareas exactamente equivalentes. Progenitor y padre son términos no necesariamente sinónimos. Igual que egoísmo y generosidad son conceptos antitéticos, ser padre va más allá de engendrar.

En la interpretación de esas tres metas enunciadas podríamos enfocar el matiz egoísta de la trascendencia propia, o profundizar en el altruismo de quien siembra pensando en que otros podrán disfrutar de la sombra y de los frutos de ese árbol que le sobrevivirá.

“Nuestro libro” no es imprescindible que sea material. No es cuestión de letrados o iletrados, sino de espíritu y de corazón. La historia de nuestra vida (nuestro libro) puede ser fuente de inspiración para quienes vienen detrás: errores, soluciones, ejemplos…, aun con lo difícil que resulta aprender en cabeza ajena; quizás una de las mayores dificultades del oficio de padre.

Entre libro, árbol e hijo, ser padre es la tarea más complicada de las tres. Se llega a ella sin manual de instrucciones. Yo soy padre (y por partida doble) y fijaos mi cándida inocencia y mi ignorancia de dolencias médicas que, al inaugurarme como tal, mi primer fugaz pensamiento fue contarle los dedos de manos y pies a mi primogénita, como si ése fuese el problema más grave que le pudiese acontecer de partida en la vida.

La tentación de sobreproteger a veces nubla el sentido e impide ver que lo fundamental quizás no es evitar que tus hijos tropiecen, sino que sepan erguirse tras caer. Siempre arriba, que el camino es largo y no es infrecuente que surjan contratiempos y sobresaltos.

Lo relevante (bien cierto) no es plantar, tener y escribir.  A un árbol hay que regarlo, abonarlo, cuidarlo; no basta sembrarlo. A un hijo hay que criarlo, alimentarlo, vestirlo y educarlo; no basta tenerlo. Y el libro hay que corregirlo, editarlo, publicarlo y encontrarle lectores; no basta escribirlo.

La figura que da nombre al santoral del 19 de marzo creo que está bien escogida: San José, padre putativo (p.p.), Pepe. No solamente la genética trasciende con el hijo, también los principios y los valores.   Por ello hay una variante del dicho con el que inicié este texto que a mí me atrae (por la riqueza que ofrece en la interpretación de esos propósitos de vida), según la cual las tres metas pueden ser sustituidas por “trasplantar un árbol, adoptar un hijo y traducir un libro”. Preservar la especie está bien; contribuir a la formación de una persona de bien no tiene precio.

Soy padre de dos hijas maravillosas. No hay árbol ni libro que pueda superar (ni igualar) a las niñas de mis ojos: mis dos hijas. Quienes me conocen podrán suponer que en estos momentos estaré babeando (separado del teclado para no estropear el portátil): la reacción natural a lo orgullosísimo que estoy de ellas. No hay experiencia mejor: valen toda una vida.

Dicho esto todo, soy consciente, como hombre, de la realidad. Los soldados malheridos en batalla claman en la agonía por sus madres (¡Mamaaaaaaá!). Madre no hay más que una. Pero eso es de otro día.

Este 19 de marzo, feliz día del padre; y felicitaciones también a mis tocayos.