Abogado

Llamadme tonto, pero en estos tiempos de predominante trazo grueso (de blanco o negro, de conmigo o contra mí), sigo siendo de los que piensan que no deben faltar en tu zurrón personal dosis de empatía, para ponerse en lugar del otro; de tolerancia, para entender a quien piensa o se expresa de modo diferente; y de modestia, para admitir que otro puede tener su parte de razón.

En una semana marcada (entre otros acontecimientos) por la nueva misión en Marte (tal como estamos dejando nuestro planeta, como para no pensar en el futuro espacial) es comprensible mirar al cielo ante lo poco que gusta el ras de suelo. Ahora bien, querer conquistar el cielo, sin tener los pies en la tierra, no semeja acertado.

Hay gente que quiere ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y lo que es más preocupante: el muerto en el entierro; y para esto último no se corta ni en lo más obvio y olvida incluso la enseñanza de la fábula de la rana y el escorpión. La conocéis, ¿verdad? Ante la necesidad de cruzar un río, un escorpión le pidió a una rana que lo transportara sobre su espalda. La rana le preguntó: “¿Cómo sé que no me picarás?” A lo que el escorpión respondió: “Si te picara, ambos nos ahogaríamos”. Ante la lógica del razonamiento, la rana aceptó. Pero en mitad del cauce del río el escorpión picó a la rana. Ésta le gritó: “¡¿Por qué lo has hecho?! ¡Ambos nos ahogaremos!”. Y el escorpión exclamó: “¡Es mi naturaleza!”. Lección de vida: existen personas que no tienen empacho en destruir las propias circunstancias que los mantienen a flote. Ojalá fueran unas meras marcianadas.

Conviene acudir, para desentrañar discordancias como ésa, a las conexiones entre la Filosofía y la Ciencia (nada inhabitual en origen). A una de estas colaboraciones simbióticas (y simpáticas) le he encontrado encaje estos días. Según el adagio conocido como la Navaja de Hanlon: “Nunca hay que atribuir a la malicia lo que pueda ser adecuadamente explicado por la estupidez”; pensamiento que puede completarse con el aserto atribuido a Albert Einstein: “Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, y no estoy tan seguro de la primera”. Bienvenidos a Marte.

En una Democracia semeja no tener cabida defender las libertades y los derechos a través de la violencia, del mismo modo que no puede tener cabida, ni justificación, el pretender hacer cumplir la ley extralimitándose en la aplicación de la fuerza represora, monopolio del Estado.

Han circulado por redes sociales y medios de comunicación imágenes lamentables, donde ni los violentos causantes de daños merecen amparo comprensivo, ni concretos excesos policiales admiten inhibición y menos aplauso. Las pérdidas económicas causadas por la pandemia son más que gigantescas, para que unos vándalos las aumenten a base de golpes, piedras o incendios. Así, no. No, no y no. La eventual razón de fondo se pierde con formas inadecuadas e inadmisibles en una Democracia. ¿Democracia mejorable? Claro: todo es mejorable. Con ese espíritu de mejora hemos llegado hasta aquí (y la Humanidad ha alcanzado Marte, añado).

Ciertamente no ayuda en absoluto al sosiego ciudadano en un Estado de Derecho que salten sentencias incomprensibles en su fallo para el común de los ciudadanos; sentencias en las cuales la norma que parece aplicarse (y siempre para los mismos) es la ley del embudo: lo ancho para nosotros y lo estrecho para vosotros. (Cada cual sabe en qué grupo se encuentra: si en nosotros o en vosotros).

No sé el motivo por el que me acuerdo ahora de una pintada que hace años afeaba un bello edificio institucional. Rezaba:

<Confiad en la Justicia. Fdo. “M.Rajoy”>

Mudar está bien, constituye esencia de vida. Maquillarse es otra cosa. Equiparar mudanza con maquillaje es como confundir el tocino con la velocidad. Mas ya se sabe: otros peinan bombillas.