El pijo rancio, es heredero directo de aquellos “cerillitas” de tempos pretéritos, que adornaban las terrazas de las cafeterías del centro de la península de Crunia, que con aire en los bolsillos, camelaba a los incautos que estaban prestos y dispuestos a invitarle, porque formaban parte del decorado ciudadano.

El pijo rancio, sigue formando parte del mobiliario urbano de nuestra ciudad, de hecho, Crunia ya ha conocido algunos a lo largo de la historia y hasta les pone monumentos.  El caso es que el pijo rancio está en peligro de extinción y cada vez pierde más terreno ante los modernos barbudos y desaliñados de la Plaza de España.

Retrato del pijo rancio:

Aunque hay variantes muy sofisticadas, por lo general, el pijo rancio no tiene BUP terminado, EGB lo completó con progresa adecuadamente y sin embargo, se cree un ilustrado, aunque es monotemático presumiendo de conquistas. Quiere ser el centro de cualquier conversación o tertulia, porque no deja de hablar para poder escucharse. Cuándo el pijo rancio se pone guapo “se come el mundo” acompañado del pincho de tortilla y el de chorizo, porque de tanto presumir de llevar buen reloj y buen zapato, apenas le quedan euros  para poner comida en el plato. Suele comer caliente cuando alguna alma caritativa le invita a comer.  Pero, ¿qué más da eso? ¡Hay que estar ahí!

Con la eclosión del Covid, el pijo rancio se siente muy sólo, se refugia en la soledad de la noche, no tiene a quién saludar por las mañanas al despertar, nadie a quién darle la brasa en el aperitivo o de quién hablar mal en el bar o en la fiesta de Blas, dónde siempre se emociona con lágrimas de cocodrilo y lo larga todo. Esa es sin duda su actividad favorita, entretener a todo el mundo con las cuitas de los demás, tiene lengua larga e inteligencia corta. Cuando se despide, los amigos de bar suelen comentar, “ufff, ya se marchó el falabarato”

Mueve la lengua con soltura por los bares de Emilia Pardo Bazán y Plaza de Vigo, se arrima o procura hacer más gracias por si le invitan a una ronda, porque de su bolsillo y de su lengua, lo único que sale son miserias y bulos.

El Pijo rancio blasona entre amigos, que el mundo se divide en triunfadores y gusanos, así que se dedica a cultivar su imagen en redes sociales para parecer de los primeros. Es triunfador de laikes. Un pijo rancio con solera lucha por su imagen, por eso hace fotos, muchas fotos, la mayoría con pose Zoolander, aunque la peli en si no la ha visto, a él le encanta el cine de acción.

Cree que lo que se ve, es lo que vale, por eso compra su ropa interior en Primark pero se pone sus Levis desgastados y su Rock-Nice con las panamá Jack, que le costaron un pico. Para el pijo “Lo importante es “fardar” de  su coche, su reloj y otras cosas superfluas. Para comer, dice: “ Yo con los pinchos que ponen voy sobrado, además no se puede estar gordo, hay que mantenerse” Ufff que asco le dan los gordos y la gente de izquierdas, casi tanto como los modernos.

La gomina de Mercadona, el jersey del ganso atado al cuello, sus Levis los de siempre, los de coruñadetodalavida… Se sentía tan guapo, que solamente con verse reflejado en los escaparates “se puso palote” y tuvo que aliviarse al llegar a casa.

El pijo rancio desea profundamente que abra el cierre perimetral para poder ir a esquiar, de vinos y que se pueda socializar los domingos después de misa “¡Venga! andando que es gerundio, que se nos pasa la hora del vermú”. Por no hablar del verano, esos veranitos en Redes, en Gandarío, que tanto le recuerda a la fiesta de la espuma.

Se disgustó muchísimo el día que montaron el carril bici, pero no tanto como cuándo se encontró con La Real cerrado, aquello sí le pareció una broma de mal gusto. Casi dio la vuelta y se fue hundido a casa a poner el disco de Snap, pero luego se acordó de lo importante que es dejarse ver no haciendo nada “Trabajar es de pobres” así que se sentó en el Gasthof de la Marina para mantener su moreno vivo y se encendió un Lucky Sticke.

Resumiendo. El pijo rancio solo destila humo.