Lo de Pablo Casado llama la atención por preocupante para los suyos y de absurdo para un atónita par ala inmensa mayoría de la ciudadanía. No ha tenido mayor ocurrencia que plantear ahora (ni hace 6 meses, ni dentro de seis,,, justo después del batacazo electoral en Catalunya) que procede vender ese horroroso edificio porque su reforma con dinero corrupto se está viendo en los Tribunales.

Asó, el menor de Los Alcántara parece que quiere desvincularse del «pasado» corrupto (…y de Bárcenas) vendiendo el continente en vez del contenido. Es como si la Guardia Civil quisiera vender el cuartel de Intxaurrondo para desvincularse de un pasado de torturas (…y de Galindo).

Dicen en EMG, que 13, Génova del Percebe del PP es un edificio con más cadáveres de los que el Partido Popular puede digerir.

Antes de las Navidades de 2014, un hombre de 37 años con antecedentes por problemas mentales (oriundo de Bronchales-Teruel, pueblo lindante con el del ultrafacha Jiménez Losantos) marcó el camino al Partido Popular. El 19 de diciembre de ese año, cargó dos bombonas de butano y un rudimentario artefacto inflamable en el maletero de su coche y lo condujo a gran velocidad por la calle Génova de Madrid hasta empotrarlo en la entrada de la sede nacional del PP hacia las 7.15 de la mañana.

El vehículo penetró varios metros en el edificio y sólo causó daños materiales. Es una lástima que no le hicieran caso. Es lo que suele pasar con las personas que se adelantan a su tiempo.

Seis años y pico después, Pablo Casado ha entendido -por fin- el mensaje difícil de descifrar que trasladó ese hombre.

Así las cosas, el corrupto PP tendrá que buscar otra sede con el fin de abandonar un edificio encantado por los espectros de un pasado reciente. Por los pasillos de Génova, 13 circulaba el fantasma de Mariano Rajoy destruyendo en una máquina trituradora de papel una copia de las pruebas que demostraban el pago de sobresueldos a dirigentes del partido. El ruido era insoportable.

Algunos creían ver unas sombras furtivas que podían ser o no las de los policías que registraron la sede en 2013 buscando pruebas de corrupción por orden de un juez de la Audiencia Nacional. Pasaron catorce horas husmeando en despachos que lo habían visto todo. ¿Otra vez están aquí?, se preguntaban algunos con un escalofrío por todo su cuerpo.

Son cosas de un Pablo Casado hundido por el desastre en las elecciones catalanas y con menos futuro que un submarino descapotable, lo llevan por la calle para ver si le levanta el ánimo contemplar la bandera española gigante de la cercana plaza Colón (la de la famosa foto de toda extrema derecha, incluida el PP). Ya no es suficiente con poner otra rojigualda en el balcón del despacho, eso que le motivaba tanto antes.

Volar el edificio por los aires hubiera sido una solución quirúrgica catártica, pero económicamente no muy sabia. El PP se trasladó allí en un momento de euforia, un año después de que Alianza Popular, al frente de una coalición de partidos, obtuviera 5,5 millones de votos y 107 diputados para convertir al asesino franquista Manuel Fraga en líder de la Oposición.

A partir de entonces, el PP vivió de alquiler. En 2006, Rajoy, entusiasmado con tantas donaciones de empresarios, decidió comprar todo el edificio a la aseguradora Mapfre por 46 millones. A finales de 2019, aún quedaban por pagar 12,8 millones por el crédito que se recibió para financiar la compra.

En términos de hechos noticiosos, Génova, 13 ha superado todas las expectativas de un autor de novela negra. Ahí estaba la caja fuerte controlada sucesivamente por Rosendo NaseiroÁlvaro Lapuerta y Luis Bárcenas que se llenaba con donaciones fuera de la ley y de la que salió el dinero en sobres con los que se pagaba el sobresueldo a los dirigentes. En sus ordenadores, «sé fuerte Luis» guardaba las pruebas de esos chanchullos hasta que alguien decidió borrar los discos duros, no fuera que las pruebas salieran a la luz.

Por allí, pasaban Correa y otros protagonistas de la Gürtel para sus negocios. Alguno recibió tanto que acabó comprándose un Jaguar, el mismo coche en el que Ana Mato nunca se fijó en el garaje porque le distraían los payasos en las fiestas de los cumples. Y, como comentaba la pasada semana, por allí también pasaba Fra-Casado para pedir pasta con la que financiar la campaña de su entonces jefe, Manuel Pizarro (+ info. https://blogs.deia.eus/rincondelproteston/2021/02/08/cuando-casado-pedia-dinero-en-el-despacho-de-ese-senor/).

Allí también se reunió Cospedal con el comisario Villarejo para recibir información privilegiada sobre cómo iba la investigación de la Gürtel. «No hay nadie ahora. Esta planta está en obras y aquí no hay nadie«, le dijo Cospe con la intención de asegurarle de que nadie se iba a enterar de unos contactos facilitados por su marido, que estaba presente en el encuentro en calidad de… su marido.

Fue en Génova, 13 donde M.R. (creo que se trata de Mariano Rajoy) exigió la presencia de toda la cúpula del PP en un espectáculo multitudinario con el que pretendía sostener que Gürtel era una pura invención montada por el malvado Rubalcaba para desacreditar al partido. También allí compareció el entonces presidente en su famoso discurso del plasma en los días en que huía de los periodistas como si fueran coronavirus infecciosos.

En la sala de prensa de Génova 13, Cospedal inventó el concepto de «indemnización en diferido» en el minuto y cincuenta segundos más gloriosos que ha dado la comunicación política en «Marca España» desde que Adolfo Suárez presentó su dimisión sin contar por qué se veía obligado a presentar la dimisión.

Y en la planta que ocupa la dirección del PP de Madrid, ocurrieron tantas cosas que la justicia aún no ha sido capaz de procesarlas por completo, aunque sí las suficientes como para que Ignacio González y Francisco Granados conocieran Soto del Real y Esperanza Aguirre tuviera que dimitir con lágrimas en los ojos que hubieran emocionado al cocodrilo más escéptico. Cuando se celebre el juicio del Caso Púnica, la leyenda de Génova, 13 volverá a crecer.

El edificio es en sí mismo una prueba de cargo contra el PP. Su reforma se pagó con centenares de miles de euros de dinero negro, fondos que obviamente no se habían conseguido de manera legal aunque, después de afirmar que «ese PP ya no existe«, Casado volvía a su despacho en el mismo inmueble en que se habían cometido todas esas fechorías.

Génova, 13 era el mejor homenaje que la política ha hecho a «13, Rue del Percebe«, la historieta del gran Francisco Ibáñez sobre un edificio de ocupantes a cual menos presentable. Una tienda de ultramarinos que engaña a los clientes con la báscula, un truhán que no paga sus deudas y que tiene una larga fila de acreedores ante la puerta, un ascensor que nunca funciona, una pensión de calidad cuestionable, un científico loco, un ladrón que nunca roba nada que tenga valor, unos niños que más que traviesos son unos vándalos con pantalón corto…  Las viñetas de Ibáñez eran un recordatorio permanente de lo cómicamente cutre que podía llegar a ser la «Marca España» de los años sesenta y Génova, 13 es, sin duda, el emblema de la corrupción del Partido Popular desde antes de que se llamara Partido Popular y que le ha permitido comparecer tramposamente a todas las elecciones con una prima de votos favorecida por sus ingresos secretos, es decir, «dopados» hasta las cejas.

En su locura, aqué hombre que estrelló el coche contra su fachad de ese antro era un visionario.

Ya solo falta que se muden de muda y, de paso, a ver si colocan la sede del PP vasco en Bilbao (también en venta) y cuya reforma se llevó a cabo con dinero destinado a «víctimas del terrorismo«. No pueden evitarlo: Algunos han medrado en el fango de la corrupción. Como para no andar por ahí titubeando como un defenestrado acordeonista de esos que, si les miras a la entrada del Metro, entre tics, te espetan un hijo de puta.