Abogado

No me pude contener con el título de este artículo, aun consciente de los riesgos que entraña; dos fundamentales: entrar en risa histérica (en alternativa con surferos sollozos -los efectos de las olas, en seres sensibles y con corazón-) y/o ganarme que cualquiera me envíe a tomar por donde los chinos hacen las nuevas PCRs. De modo prolongado (para quien más y para quien menos) la procesión ya va por dentro.

El título finalmente elegido para este texto no pretende provocar. Comprended: en la semana de mi cumpleaños (mi madre me trajo al mundo un 6 de febrero), ¡¡¿cómo no voy a tener ganas de fiesta?!! Llevo meses con ganas de fiesta y el freno de mano puesto. Un sí, pero no, y así no hay manera. Las celebraciones y las risas son una necesidad humana. Y se están perdiendo las risas. La percepción de tristeza es cada vez más acusada. Se nota en muchas personas la desazón y la tensión a flor de piel. Tantos meses acumulados van pasando factura (¡ay, las facturas…!).

Tan importante es la salud mental como la salud física. Mens sana in corpore sano. Crecen las advertencias y denuncias de profesionales sanitarios sobre la precarización de la atención a otras patologías, por influjo de la preeminencia del Covid. La depresión y la angustia se unen a esas patologías en segundo plano. Los psicólogos alertan de depresiones, cada vez más acusadas y generalizadas. El espectro de motivos que las desencadenan por desgracia es amplio y entendible: desde los económicos y materiales, a los intangibles y emocionales, por falta de real contacto, expansión y desahogo con familiares, amigos. Los medios tecnológicos (de los que no todos disponen) pueden paliar, pero no suplir el roce, la caricia.

En este contexto, en plena Tercera Ola de la pandemia, con curvas disparadas, porcentajes tremebundos y UCIs saturadas, con el Estado de las Autonomías convertido a menudo en Reino de Taifas por las malas artes de quienes solamente buscan réditos electorales a corto plazo o defienden intereses espurios ajenos al bien común, hablar de la próxima movilidad en Semana Santa (después de lo ocurrido con las Navidades) no sé si es sarcasmo, sinvergüencería o desconexión de la realidad. O provocación.

El diablo está en los pequeños detalles. ¿Nos fijamos en los detalles? De acuerdo con las medidas adoptadas de modo continuado, semeja que el Covid se frena, por ejemplo, a la entrada de los buses, de los vagones de tren o de metro y de los aviones de pasajeros. Entra, sin embargo, por arte de birlibirloque en otros ámbitos con menos pedigrí o menos lobby de presión (gimnasios e instalaciones deportivas amateur, v.gr.). Poderoso caballero… Distancia de seguridad para presentar la tarjeta de embarque y estabulados luego en el interior de la aeronave: ¿hay quién encuentre sentido a tanto sinsentido? Si mal no recuerdo, según el principio de la navaja de Ockham, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable. Pues eso.

Había que salvar la llegada de la pandemia, primera ola; había que salvar el verano, segunda ola; había que salvar la Navidad, tercera ola; hay que salvar la Semana Santa…, y seguimos para bingo surfero.

Con la estrategia del palo y de la zanahoria la idea de presentar a lo lejos la luz al final del túnel puede funcionar un tiempo, porque es bueno conferir esperanza, ilusionar… Ahora bien, no es recomendable convertir la montaña rusa en ruleta rusa.

La sociedad está comenzando a sentirse sobrepasada, saturada: pendulea entre la irritación y el hastío; cualquiera de las opciones supone un peligro. Conocer cada día un nuevo caso de descaro o enchufismo en el proceso de vacunación; constatar sin pudor los negocios multimillonarios que las empresas farmacéuticas se han montado con dinero público, son elementos que no ayudan precisamente a mantener los ánimos calmados.

¿Qué controles se han puesto a los millones invertidos por los Estados europeos en subvenciones para la investigación de las vacunas? ¿Qué cautelas y cláusulas se han incluido por los estamentos comunitarios en los contratos para el tempestivo y cuantitativamente adecuado suministro de las dosis? El ocultismo y la falta de transparencia, con el paralelo parón en la vacunación de estratos sociales en riesgo, alienta el olor a chamusquina y alimenta la sospecha de inminentes puertas giratorias. Al tiempo. Entre lo que se ve y lo que se intuye, más que pensar en salvar la Semana Santa, las autoridades competentes deberían pensar en poner conveniente cauce a las procesiones que cada ciudadano lleva por dentro. El descontento puede abonar indeseables populismos ultras.

Dicen (y se puede hasta asumir sin excesivo agotamiento de la paciencia) que no hay dos sin tres. Ahora bien, cuando vemos que son tres sin cuatro y que la secuencia amenaza con prolongarse de modo indefinido…, ¡huy, huy, huy! Tropezar no es malo; encariñarse con la piedra, sí.

Como enfurruñarse y avinagrarse al final redunda en perjuicio propio, conservemos un oasis para la paz y el sosiego mental, para esas pequeñas cosas que nos alegran la existencia y nos recargan las pilas.

Por lo de pronto yo voy a soplar unas velitas. La vida sigue. Quiero seguir sumando. Salud y risueños saludos.