Hoy reproduzco este interesante artículo de Xavier Cassanyes (Diari Ùltima Hora, Illes Balears).

De la toma de posesión de Joe Biden y Kamala Harris, como presidente y vicepresidenta de los Estados Unidos, me quedo con esa frase que pronunció la poeta, de 22 años, Amanda Gorman: De algún modo, hemos resistido y sido testigos de una nación que no está rota, sino inacabada. Esa es, para mí, la enseñanza en el post asalto al Capitolio y podría ser la frase que resume la crisis de nuestros sistemas políticos democráticos.

Y es que, en efecto, nuestras democracias, nuestras naciones, nuestras instituciones están inacabadas. Nos regimos por doctrinarios ideológicos del siglo XVIII y XIX.

Unos, porque su constitución data de aquellos años (Estados Unidos, 1776), y las otras vigentes porque fueron aprobadas en los siglos diecinueve o veinte, siguiendo a la letra aquellos mismos principios que siguen definiendo la democracia representativa y liberal. Pero, si el mundo ha cambiado, ¿No sería razonable realizar ajustes de modernización en nuestros sistemas políticos, en la democracia representativa?El pensador y teórico de la historia Yuval Noah Harari, Sapiens (2011), piensa que se ha pasado de la adoración a los dioses a la santificación de la humanidad; rescatando esa parte sagrada de cada individuo (que dice la teología cristiana que tenemos), y la hemos convertido en el centro rector de una nueva deidad (laica) que reside en cada uno de los individuos y da sentido al mundo, y es origen de toda autoridad ética y política.

El individuo como objeto y sujeto de la política, de la sociedad y su organización, se rige ahora por la voz de la humanidad, que reside en nuestro interior; en esa zona de libre decisión. Como guía, el cristianismo tiene los Mandamientos; los liberales, los Derechos Humanos. Desde el liberalismo, Harari reflexiona sobre un humanismo evolutivo por el que el individuo pasaría a un segundo plano en favor del colectivo. Libertad individual a ultranza frente a la sociedad, que debe ser salvaguardada de los trumpistas de turno. La crisis del sistema ha estallado.

Hace una semana El Confidencial (18/01/21), refería un editorial de Global Times (afín al Partido Comunista Chino): La libertad de expresión tiene sus límites políticos y éticos. El hecho de que Trump no pueda expresar sus opiniones en las redes sociales y haya perdido un derecho del que disfruta cada ciudadano estadounidense, saltándose la Primera Enmienda viola el principio de la libertad de expresión.

El editorial, añadía, la imagen de Estados Unidos como ejemplo de democracia y libertad se ha roto, regocijándose por la humillación y vergüenza del espectáculo del Capitolio pero, sobre todo, porque la gran democracia mundial admite, de hecho, excepciones a la libertad individual.

Vía libre, pues, al modo chino de ver la ética social y las libertades individuales. El asalto al Capitolio reveló que la fractura política y social en Estados Unidos ha llegado a su punto de inflexión. Pero esa desafección es generalizada y pone en evidencia el agotamiento de los sistemas políticos actuales, de la democracia representativa; que es de dónde podemos tener noticia porque gozamos de libertad de expresión. El problema es que las élites han aprendido a utilizar las metodologías electorales para perpetuarse en el poder, e imponer, su visión ideológica.

En España, la evolución de la democracia representativa tendría que ir en una doble dirección: revisar los mecanismos electorales buscando un equilibrio entre voto individual y distribución territorial (abordar las circunscripciones), reformas substanciales con mejoras en la elección de los políticos; y también una simplificación institucional; quizás una cuarta institución transversal que permita que los ciudadanos puedan incidir en la política entre periodos electorales.

Tal vez, alguna clave pueda estar en un diseño inteligente del Senado.