No es normal que en una situación límite como la que vivimos, la bronca política y sindical sea tan desmesurada. Algo tiene que haber por detrás. Y lo hay.

Para unos es desgastar al Gobierno Vasco como sea, creyendo que en plena borrasca hay que cambiar  de capitán, de consejera y de todo lo que huela a PNV. Es una oposición de tierra quemada propia del PP y de Vox, que solicitan que Urkullu cese a Gotzone Sagardui.

Pero hay otro tipo de oposición, más ideológica. Es la de Podemos que si el PNV hiciera lo mismo en Madrid, el gobierno Sánchez duraría lo mismo que el de Rajoy. Un mínimo de sentido de la responsabilidad adquirido en 125 años hace que se sepa que la política es el arte de lo posible y de hacer posible lo necesario. Pero para Podemos esto no cuenta. Ya dijo lo que le parecía el PNV. ”Una derecha casposa”.

No es el caso de Sortu (Bildu no existe). Su oposición es a tumba abierta y si ahora son las vacunas, antes el vertedero y un poco antes la convocatoria electoral. Ni presupuestos ni  nada. El rodillo lo aplican ellos. Es una estrategia destructiva de manual. Sortu no es un partido al uso. Es un ariete de desgaste que unido a ELA trata de erosionar al Gobierno Vasco con cualquier asunto. No tolera la mayoría absoluta PNV-PSE y no resisten  no ser el eje de la política vasca.

Imanol Lizarralde escribió hace una semana un buen análisis de lo que fueron las dos ETAS diciendo que no había una buena y otra mala. Las dos eran muy malas. Y se ve en la actualidad. No utilizan la violencia hoy, pero no por una reflexión ética, sino táctica e ideológica. Y el que no lo vea está como para llevarle a Disneylandia.

Decía así Imanol Lizarralde en El mito de las dos ETAs

“El que ETA pm anunciara su disolución en septiembre de 1982 quiere ser interpretado, por algunos, como la certificación de la existencia de una «ETA buena» (que se rindió a la democracia) y una «ETA mala» ultranacionalista, que siguió en su empeño

Ya que ETA es un fenómeno que pasó delante de nuestros ojos de principio a fin, con fechas y protagonistas reconocibles, resulta interesante comprobar los mitos que levantó en su camino. Parte de la acción de ETA fue también mitificar su lucha y sus luchadores. Medios de comunicación, creadores de opinión al servicio de diversas instancias e incluso historiadores profesionales han puesto su grano de arena en esa labor.

Uno de los mitos más persistentes de ETA es el de que existieron dos ETAs, una buena y otra mala, de naturaleza radicalmente diferente. El historiador Luis Castells afirmaba recientemente que «la ETA de Burgos apenas se asemeja a la que atentó en la democracia». Esto oculta los visibles elementos de continuidad de ETA. Desde que ETA a partir de la V Asamblea, en 1968, se definió como marxista-leninista y comenzó a matar (que es cuando se diferenció del resto de organizaciones antifranquistas) conformó una estructura de mando y de poder muy estable. Josu Urrutikoetxea, el famoso Josu Ternera, entró en ETA ese mismo año y, poco más tarde, fue miembro de la dirección de la banda y finalmente representó a esta dirección en el proceso final que desembocó en su disolución.

Los presos de Burgos más relevantes (Onaindia y Uriarte, junto con José Luis Zalbide) se convirtieron en los nuevos referentes ideológicos de la ETA reorganizada. Es verdad que en 1973 ETA se dividió en una rama militar y otra político-militar. Pero tal cosa, como ambas ETAs lo reconocieron, no obedecía a diferencias ideológicas, sino a formas de afrontar la lucha a fines del franquismo.

Ambas ETAs propugnaron la creación un «partido comunista vasco dirigente» que fuera la vanguardia de un movimiento más amplio donde existieran también otros partidos, movimientos de masas y sindicatos, con la intención de conformar lo que entonces se llamó un «poder popular». Las dos «unidades populares» que se formaron con las elecciones de 1977, Herri Batasuna y Euskadiko Ezkerra, fueron el producto de aquel proyecto. La lucha política, la de masas y la lucha armada quedaban, así, enlazadas en estrategias paralelas, siguiendo el esquema internacional de los Movimientos de Liberación Nacional de carácter marxista.

El que ETA pm anunciara su disolución en septiembre de 1982 (en una decisión que, según cálculos, tomaron los dirigentes y el 20% de la militancia), quiere ser interpretado por algunos como la certificación de la existencia de una «ETA buena» (que se rindió a la democracia) y una «ETA mala» ultranacionalista, que siguió en su empeño. Si examinamos de cerca este proceso veremos que tal cosa está lejos de lo que realmente ocurrió.

Dentro del complejo político-militar era el partido (EIA, Partido para la Revolución Vasca) quien tenía la función dirigente, y trazaba las líneas maestras de actuación de las dos organizaciones (ETA pm y EIA). Desde este partido del que Mario Onaindia era secretario general se lanzaron recomendaciones en el sentido de que la lucha armada incidiera en la lucha laboral, especialmente radical en aquella época de crisis, y que se recaudara dinero. ETA pm aplicó estas recomendaciones mediante el secuestro, el tiro en la rodilla, la extorsión y el asesinato a empresarios y el atraco de bancos (acciones que, en plena democracia –los años que median 1977-1981, ambos incluidos–, sirvieron para beneficiar económicamente al partido con cientos de millones de pesetas, como lo cuenta Txutxo Abrisketa, máximo responsable de ETA pm). Incluso, según recoge Gaizka Fernández Soldevilla en su tesis, determinados dirigentes de ETA pm y EIA (al frente de estos, Mario Onaindia; según me confirmó a mí mismo Iñaki Albistur) han sostenido que la ejecutiva de ETA pm y algunos miembros de la dirección de EIA habían tomado conjuntamente la decisión de actuar contra UCD.

Sin embargo, Mario Onaindia diagnosticó que el pueblo vasco era reaccionario por admitir de mejor grado las acciones de ETA m, dirigidas sobre todo a las fuerzas de orden público y los militares, que las de ETA pm, que cubrían lo que el llamó «la lucha de clases interna de la sociedad vasca» como eran los empresarios y, también (añado yo) los políticos de UCD. A partir de esa constatación, Onaindia dijo que la lucha armada «no permite ningún avance de la conciencia revolucionaria en el seno de las masas, en cuanto a que se basa únicamente en un comportamiento plenamente burgués». Cuando, desde el partido, se tomó la decisión de acabar con ETA pm, las consideraciones no fueron de índole ética ni democrática sino expresión de una ideología, que fue la misma que sirvió para que la otra ETA siguiera matando.

Mientras tanto, la mayor parte del arsenal de ETA pm permaneció en manos de una mayoría de militantes que siguieron en activo. Muchos de ellos (incluyendo a personalidades tan importantes como Francisco Javier López Peña, Thierry, y Arnaldo Otegi) se pasaron las estructuras militares o políticas del otro conglomerado de la izquierda abertzale. Unos años antes, los miembros más destacados de la rama llamada Berezi de ETA pm (que contaba entre otros con Francisco Mujika, Pakito, y Eugenio Etxebeste) engrosaron el segundo peldaño de la dirección de ETA m (en cuya cúspide se encontraban el omnipresente Josu Urrutikoetxea, y Txomin Iturbe).

La decisión de ETA pm en 1982 (propiciada por los políticos de EE) es paralela a la tomada por ETA en 2011 y 2015. Además, fue un ex polimili como Arnaldo Otegi quien liquidó la última ETA con razones análogas a las de Onaindia: la lucha armada ya no suma sino que resta a la lucha política. Ya no es un instrumento útil para la causa que defienden (la independencia y el socialismo). Pero los que la ejercieron (igual y en el mismo sentido que los presos de Burgos) son héroes”.