Se reunió el Consejero de Economía y Hacienda del Gobierno Vasco, Pedro Azpiazu,  con la parlamentaria, única de Vox, Amaya Martínez, que no olvidemos está en el Parlamento porque le han votado, poco, pero le han votado los ciudadanos vascos y la democracia tiene su liturgia que es el gobierno de la mayoría con respeto a las minorías y Vox, nos guste o no (no nos gusta) ha irrumpido con representación parlamentaria en esta legislatura.

Vox existe con su ideología tóxica y ante ella y como en Alemania y Francia, todos los partidos en el Parlamento no pactan nada con esta opción de extrema derecha, buena lección para el PP y Ciudadanos en Madrid y en Andalucía que gobiernan en su Comunidad gracias a Vox.

Azpiazu sabía de sobra que en dicha reunión no se iba a llegar a acuerdo alguno y la prueba es que nada más terminar la misma Vox anunció la primera enmienda a la totalidad a los presupuestos. ¡Faltaría más!. El notición hubiera sido lo contrario. Vox está en contra del estado autonómico, del euskera, de todo lo que sea autogobierno y convivencia, pero la institución gobierno vasco debía recibir y escuchar a la representante de este disolvente partido. Y Azpiazu lo hizo.

He recuperado una reflexión del escritor y filósofo  francés Bernard Henry Levi que en su día me pareció acertada. Desde el análisis de la política francesa vio el auge de la extrema derecha en su país y su peligro  de esta aguda manera:

“¿Por qué no es una buena idea la ilegalización del Frente Nacional? Porque, a fin de cuentas, el negocio del Frente no es ni la inmigración, ni la inseguridad, ni siquiera la desigualdad entre las razas. Por encima de todo esto y más allá de estas temáticas localistas, su aberrante pretensión es ser el único partido que se atreve a decir la verdad sobre éstas y otras cuestiones. En resumidas cuentas. Le Pen viene a decir lo siguiente: «Hay tabúes, zonas de silencio y de misterio en nuestra socie­dad. Hay problemas que hay que evitar plantear so pena de sentarse en el banquillo de los acu­sados del sistema. Pues bien, yo los planteo estos problemas. Yo rompo la ley del silencio. Y por eso, los guardianes del sistema intentan censurarme, diabolizarme e ilegalizarme por todos los medios». El razonamiento es simplista, pero, desgraciadamente, eficaz, ilegalizando su partido, automáticamente le estaríamos refor­zando, porque se acreditaría su argumento cen­tral: el de ser una persona que habla claro y sin pelos en la lengua y, por lo tanto, el de ser un ciudadano peligroso para los bien-pensantes, ¿Ilegalizar a Le Pen? La tentación es fortísima, pero hay que rechazarla. Caer en ella seria ofrecerle en bandeja el ejemplo mismo de su fantasma. Sería tanto como darle abier­tamente la razón.

Mi otro temor es que si por casualidad volviésemos a hacer lo mismo, si ilegalizásemos a un partido sin por ello disolver ni a sus militantes ni a sus electores, en definitiva si sacásemos todas las consecuencias del hecho de que Jean-Marie Le Pen es, en efecto, el dirigente de una liga anti­democrática y fascista, estaríamos corriendo el riesgo de repetir la historia. Combatir a Le Pen sin tregua ni descanso, claro que sí. Pero sin recurrir a la guerra civil. Cerrarle las puertas del Parlamento, ¿por qué no? Pero sin abrirle las de la calle. Ahí reside el peligro y me gustaría estar seguro de que todo el mundo toma buena nota de él.”