Abogado

Empieza fuerte el 2021. Mientras surfeamos la Tercera Ola de la pandemia, con las vacunas al buen tuntún (o al mal tontón), los Estados Unidos de América proyectaron el día 6 de enero para el mundo unas secuencias que probablemente no se le hubieran ocurrido al más disparatado guionista de Hollywood. Una vez más, en estos tiempos, la paródica realidad supera la ficción.

El país adalid de la Democracia (ya, ya, no me olvido de la Operación Cóndor, de las guerras encubiertas, de Guantánamo…) convertido en el hazmerreír (o hazme llorar) del mundo: un disparatado meme, retransmitido en directo desde Washington D.C., que acumula ya cinco muertes.  Las consecuencias intangibles podrán repararse con el tiempo (confiemos), pero las pérdidas en vidas humanas no tienen retorno.

Los desvaríos demagogos y antidemocráticos de un mal perdedor (alentados durante largo tiempo en redes sociales y medios de comunicación) han conducido a la primera (¿?) potencia mundial a un bochorno de dimensiones colosales y al tambaleo de sus instituciones. El asalto al Capitolio es más que una piedra en un estanque, es un espejo donde mirarnos. Aunque es evidente el principal culpable, son muchos los responsables de haber llegado a esta vergonzante y peligrosa situación.

Entre los lugares emblemáticos y cuasi sacrosantos para el pueblo norteamericano podría pensarse en el Lincoln Memorial, el Washington Monument, el Cementerio de Arlington, la Casa Blanca, …., y, sin duda, el Capitolio. Ver el Capitolio asaltado por una turba pintoresca y estrafalaria en muchas de sus indumentarias quedará en la retina de todos. Homérico.

Las redes sociales y los medios de comunicación han distribuido estampas de abundantes personajes y personajillos (ejemplos de frikis, por su vestimenta y actitud) deambulando por pasillos y estancias del Capitolio como perico por su casa, móvil en ristre: selfie va, selfie viene. De película. Ahora bien, ¿este esperpento fue una obra fracasada o un simple ensayo? Sin pretender incurrir en ninguna tesis conspiranoica, es difícilmente concebible que sin la connivencia o tolerancia de los servicios de seguridad (en la planificación o en la ejecución de las medidas en esa jornada) esa muchedumbre hubiese podido penetrar en el Capitolio y campar a sus anchas durante horas. El contraste con lo sucedido con las manifestaciones del Black Lives Matter es clamoroso.

El peligro a la Democracia en EEUU, con el asalto al Capitolio, no ha venido de la mano de negros, latinos o asiáticos, sino de supremacistas blancos. Está claro que la extrema tolerancia con los intolerantes arriesga la propia existencia de los tolerantes. Es imperativo defender el Estado de Derecho frente a los intolerantes y los antidemócratas, frente a personajes tétricos y tóxicos, auténticos huevos de la serpiente de la tiranía.

Si vemos a Donald Trump como un friki más, flaco favor haríamos al análisis de lo acontecido. Los números (fríamente considerados) estremecen: más de setenta y cuatro millones de personas votaron por Donald Trump (74.000.000) y, según algunas encuestas posteriores al desastroso 6 de enero, un 45% de ellas apoyaban el asalto al Capitolio, por considerar las elecciones fraudulentas, sin prueba alguna que avalase esa tesis, tal como han certificado las autoridades ejecutivas de los distintos estados y los tribunales en sus distintos niveles. La credulidad del fanatismo: millones de individuos consideran que han existidos irregularidades y fraudes electorales únicamente por la palabra de Donald Trump, quien, como un auténtico Capitán Araña, envía a sus huestes mientras se envuelve en torticeros mensajes ambiguos para soslayar una eventual acusación de instigar un golpe de Estado para subvertir los resultados electorales. Una descomunal bomba para la iconografía estadounidense, que se ve rebajada a republica bananera. Una cura de humildad, cara a sus vecinos del sur. Quebró algo básico en una Democracia: el respeto a los resultados electorales y el ordenado traspaso de poderes al vencedor, donde el mal perder deslegitimador no tiene cabida. Un aviso a navegantes.

Todo esto ocurrido un 6 de enero, la festividad en España de los Reyes Magos, un día de ilusión e inocencia infantil en la tradición hispana; una tradición ajena a la órbita anglosajona, aunque quizás no tarde en incorporarse. Por la credulidad lo digo.

Me contaban hace poco la anécdota del niño que, tras descubrir la verdad sobre Papá Noel, exclamó: “¡Menos mal que todavía quedan los Reyes Magos!”. Me recordó una simpática historia familiar con mi hija pequeña. Un día (próximas las vacaciones escolares navideñas) llegó a casa la criatura y nos soltó a su madre y a mí: “Mi amiga Mafalda me ha dicho que los Reyes Magos son sus padres”. Reaccioné en segundos: “¿Pero tú imaginas a los padres de Mafalda repartiendo de noche los regalos de casa en casa?”. “Fue lo que le dije yo –apuntó mi hija-: “no pueden ser tus padres””. Aquellas fueron sus últimas Navidades crédulas.

Los humanos nos resistimos a abandonar nuestras creencias, nuestras ilusiones. Que un niño, en plena candidez de la inocencia, se aferre a los Reyes Magos, a Papá Noel o al Ratoncito Pérez, como si en verdad existiesen en la vida real, puede tener un pase entrañable y conmovedor. Que le suceda a un adulto (aferrado fanáticamente a su “no tengo pruebas, tampoco dudas”) podría generar acaso ternura o perplejidad, pero sobre todo genera sorpresa y temor, por la dimensión que ello puede alcanzar.

Cuando los espejismos se desvanecen, nos preguntamos bajo el foco de la lucidez cómo pudimos creer esas cosas, que escapaban a cualquier razonamiento lógico. Sin embargo, desprenderse de creencias, sentimientos, amores o amistades que solamente existían en nuestra imaginación cuesta mucho en ocasiones y resulta siempre doloroso. De ahí nuestra resistencia a romper con esas quimeras.

En fin, una ardua tarea de reconstrucción educacional democrática se les presenta por delante a Joe Biden, a Kamela Harris y a la UE. Sí, esa UE sumida en su propia crisis del Brexit y del euroescepticismo (¿os suenan los populismos y las fake news?). No creo que en la defensa de los derechos humanos los futuros referentes puedan ser la Rusia de Vladimir Putin o la China de Xi Jinping.

Quizás resulte un contrasentido rematar estas líneas invocando unas palabras que Cervantes puso en boca de don Quijote, un personaje que embestía molinos, por considerarlos gigantes. Los humanos somos así de contradictorios e imprevisibles. Y ya se sabe: haz lo que bien digo y no lo que mal hago.

“-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, como por la honra, se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.

No es buen camino debilitar o desterrar las Humanidades de colegios e institutos. No estamos sobrados de principios y valores. Los clásicos siempre enseñan.