Mi hermano Koldo estudió en la Comercial de Deusto en tiempos en los que el P. Bernaola ejercía con mano de hierro la dirección de la casa. En su primer año, a un grupo de estudiantes les fallaron las matemáticas por lo que decidieron entre siete contratar en verano un profesor particular para que les diera clases y evitar la guillotina. Uno de ellos ofreció la casa de su abuelo en Gran Vía 15 para recibirlas. Y así fue, quedando Koldo con la impresión de que habían estado más que en una casa, en un museo, pues había cuadros hasta en el techo. Pasó el tiempo y esta semana pasada fue al Museo de Bellas Artes, al que acude cuando hay nuevas exposiciones y se dio cuenta que el piso en el que habían estudiado era el de un extraordinario coleccionista de arte, cuyas obras se exponían. Se trataba de Félix Valdés.

Me llamó para comentarte la vivencia por lo que decidimos visitar la pinacoteca y estuve con María Esther el día 31. El Museo de Bellas Artes es una joya bilbaína, muy bien dirigida por Zugaza y que merece ser visitada e invitar a familiares y amigos a conocer esta maravilla de arte y calidad. Tras hacerlo se lo conté, historia incluida a mi hermano Jon, que se ha venido de Donostia  este sábado a admirar algo único y quedar encantado.

Unas fotografías que se exponen en el Museo de Bellas Artes de Bilbao dan testimonio de cómo Félix Fernández-Valdés (Bilbao 1895-1976) había convertido su casa en el número 15 de la Gran Vía de la capital bizkaina, donde vivió desde 1920 hasta su fallecimiento, en un auténtico museo. En el salón colgaban obras de El Greco, Zurbarán, Valdés Leal y Murillo. Una puerta daba acceso a una capilla, en la que dispuso, entre otras, las dos tallas policromadas de Pedro de Mena y Lamentación sobre Cristo muerto, de Van Dyck. Y en su dormitorio contemplaba todos los días el Cristo muerto en la cruz, de Zurbarán, y el San Francisco de Paula, de Ribera.

El empresario bilbaino fue capaz de reunir hasta 400 obras de arte y configurar la colección privada más importante del Estado, de la que el Bellas Artes presenta ahora una magnífica exposición con una selección de 79 de sus mejores y más representativas obras. Uno de sus antepasados fundó en las Siete calles de Bilbao el famoso establecimiento “Manu Canela”. No había cacao de la calidad que se servía en aquel negocio fundado en el siglo XIX de la calle Tendería. Hizo una fortuna con el cacao y las maderas.

Tras el fallecimiento de su propietario, la colección se desmembró entre sus diversos herederos y muchas de las obras que pueden verse ahora en el museo pasaron a formar parte de importantes colecciones privadas y públicas. La muestra es el resultado de una «exhaustiva investigación» para conocer el destino de las piezas. El recorrido planteado cronológicamente permite contemplar algunas obras inéditas, no expuestas antes en público, o poco conocidas, lo que pone de manifiesto «tanto la calidad del conjunto como el acierto coleccionista del industrial bilbaino» de la que está considerada «una de las mejores colecciones de arte de su tiempo», según destacó Miguel Zugaza, director del museo en la presentación de la exposición, según nos contaba Maite Redondo en buena crónica de Deia.

Recuerdo como en Madrid, para ir al Congreso, yendo del aeropuerto y pasar por la calle Serrano veía siempre el museo Lázaro Galdiano toda una referencia del coleccionismo privado y tras ver esta muestra de Valdés  en el Museo de Bilbao me apena que por ejemplo en el vacío Palacio Olabarri del Campo de Volantín, donde estuvo la Autoridad Portuaria, no se hubiera podido montar una exposición permanente, a la manera de Lázaro Galdiano en Madrid, pero en Bilbao con estas maravillas. Hubiera sido de traca.

Pasión por el Arte

Félix Fernández Valdés tuvo negocios de importación de madera, aceite de palma y cacao en la Guinea española hasta su independencia en 1968. Según explicó su nieto, en el origen de su pasión por el arte se encuentra la figura de su tío, el también coleccionista Tomás de Urquijo, quien le legó todos sus bienes. Entre ellos se encontraba el Cristo crucificado (1577), muy acorde con las profundas convicciones religiosas de Valdés, de El Greco, quien, junto con Zurbarán, era uno de sus pintores predilectos.

Valdés no era un experto en arte, pero se dejó aconsejar, entre otros, por su gran amigo, el marchante, copista y restaurador Luis Arbaiza, y por los pintores Darío de Regoyos y Aureliano de Beruete. Comenzó a coleccionar a finales de los años 30 del siglo pasado, aunque la mayor parte de las adquisiciones se produjeron durante las décadas de los 40 y 50, una época convulsa, pero de gran prosperidad para el empresario, que supo encontrar obras procedentes de otras colecciones nobiliarias o de conventos e iglesias en fase de dispersión.

Recorrido cronológico 

La muestra tiene un recorrido cronológico y abarca desde el siglo XIV hasta el XX y, en palabras de Zugaza, es «un ambicioso proyecto que ha requerido de una compleja labor de búsqueda, tras la inevitable dispersión de este auténtico tesoro». Como destacó también Novo, «no se trata solo de una exposición, sino de una importante investigación sobre una de las colecciones privadas más relevantes de la segunda mitad del pasado siglo», cuya importancia es bien conocida por los historiadores del arte.

El interés de Valdés se centró en los maestros de la pintura española del Siglo de Oro –El Greco, Zurbarán, Valdés Leal, Murillo o Carreño– pero sin olvidar la pintura española medieval, con ejemplos significativos como el tríptico de Bernardo Serra, la tabla de Fernando Gallego o el tríptico de Quejana, sin olvidar a autores renacentistas.

La pintura del siglo XIX es otro de los núcleos principales de la colección con el Retrato de la marquesa de Santa Cruz, de Goya, como pieza destacada, prestada por El Prado al museo bilbaino. Un cuadro que tiene una intrincada historia. Valdés lo adquirió en 1947 por un millón y medio de pesetas al gobierno de Franco, que en 1941 lo había comprado y organizado una operación para regalárselo a Hitler que finalmente no fue llevada a cabo. Salió de España sin los permisos de exportación obligatorios expedidos por el Ministerio de Cultura, que lo recuperó en Londres en 1986 tras pagar seis millones de dólares. «Pero esta exposición demuestra que la colección Valdés es mucho más que este cuadro», destacó Silva.

Del periodo entre siglos y primeras décadas del XX sobresale la amplia representación de los pintores Darío de Regoyos y Joaquín Sorolla. El deslumbrante Después del baño (1902) del pintor valenciano se muestra al público por vez primera en esta exposición. De esta época son también las obras de Ignacio Zuloaga, Aurelio Arteta, Julio Romero de Torres, José Gutiérrez Solana o Daniel Vázquez Díaz. Entre los últimos cuadros adquiridos hay uno de Ibarrola.

No dejen de verla.