La Navidad coruñesa se anuncia, en las calles, con luces mortecinas, como una señal de que en el Ayuntamiento se hubiese corporeizado el aburrimiento. Esta amable devoción navideña, generalmente, tiene en Galicia el impulso vital de un acto de fe y de remembranzas de haber sido la primera región donde se cantaron los villancicos («panxoliñas») que, después, extendieron por toda la Peninsula Ibérica. En La Coruña, como en otras efemérides, los gobernantes en ejercicio exhiben el ramalazo anticlerical como si la Navidad y el Año Nuevo fuesen de “derechas”. Estas conmemoraciones son también épocas de balances, de recordar acontecimientos acaecidos durante el año y, también, cuando Galicia, educada en sus tradiciones, ofrece un almibarado dédalo de exquisiteces que culminan con el famoso roscón de Reyes. Las delicias conventuales, como el polvorón que asoma la sombra de las avellanas, requieren maestría para absorberlo, y evitar que en nuestra indumentaria queden restos de una albañilería que se desmorona.  El alfajor viene a ser el fondo árabe y el perfume de los vocablos orientales, que refuerzan la lengua española. Las tartas de Mondoñedo y Santiago evocan la nostalgia atávica y la gracia rural de un día de feria, en tantos lugares de Galicia.

OTROSIDIGO

La palabra “pulpo” se resiste a entrar en la academia vernácula. El “pulpo”, uno de los alimentos más universales de nuestra cocina, sufre la “normalización” que le llama “polvo”, en el pejugal galaico. A nadie se le ocurre llamar “A polbeira de Melide” a la “Pulpeira de Mellid”.

ANÉCDOTA

Desconocemos si la Alcaldesa nos obsequiará con una homilía o fervorín, como hacía Paco Vázquez, siempre atento a la convocatoria de las “fuerzas” cívicas. Recordamos que siendo titular de la Diputación de Pontevedra, D. Rafael Louzán, no dudó en cierta ocasión, en subir al púlpito de la parroquia de Bamío para anunciar que ya tenía el dinero para mejorar el cementerio. Nada se le oponía a tan singular político, ni una homilía patriótica, ni el almadía al garete por las Rías Bajas, ni haciendo el salto de la rana.

Foto OndaCero