Abogado

A mi madre (q.e.p.d.) le encantaban las flores. Siempre nos decía que las flores se las diésemos en vida, cuando podía efectivamente disfrutarlas. Para su muerte no quería flores. Confieso que sus hijos fuimos desobedientes en tal ocasión y también hubo flores ese día.

Como a mi esposa también le chiflan las flores, siempre hay flores en mi casa.  El mejor sitio para las flores es un jardín, pero a falta de parterres domésticos, un jarrón es socorrido. Los colores de la naturaleza en el hogar.

Aun siendo noviembre, el Día de Todos los Santos y Difuntos constituyen una primavera anticipada para las floristerías. Una jornada de mucho trabajo y ajetreo, pero con ingresos que compensan otros periodos de menos movimiento en el negocio.

La pandemia también ha afectado a las flores. Y algunas decisiones tomadas a última hora de modo acelerada han puesto la puntilla.

Es comprensible (desde un punto de vista sanitario y epidemiológico) que deban limitarse los desplazamientos y las reuniones. Anunciar una medida a las 12h y publicarla en el diario oficial a las 14’30h para que entre en vigor a las 15h imagino que pretendía imposibilitar o dificultar éxodos masivos, pero ofrece una imagen de apresurada chapuza improvisada y rompe, por doquier, planes y previsiones. La gente, desde la responsabilidad, también tiene derecho a organizarse, al menos mínimamente.

Ayer, mientras veía en las redes sociales (y delante de mi propio domicilio) largas caravanas de desplazamientos, intuí lo que podía ocurrir con las flores y se lo comenté a dos compañeros con los que coincidí  a esas horas de escapada en el trabajo. Esta mañana, por desgracia, pude comprobar de mi primera mano en las floristerías la realidad de ese pesimista presentimiento: ramos encargados y no recogidos, pedidos cancelados con la mercancía ya en el establecimiento… No es que las floristerías no vayan ahora a conseguir beneficios, es que tendrán (aumentarán) pérdidas, sin poder dar salida a los productos en stock y, además, en materia tan perecedera. No hay derecho.

Desde esta humilde página hago un llamamiento a la solidaridad con las floristerías (extensivo a tantos otros establecimientos minoristas y tiendas de barrio). Porque ya no se trata solo de ser solidarios, sino justamente de no ser insolidarios. Si no podemos llevar flores a tumbas o nichos más allá de nuestros municipios confinados, traigámoslas a nuestros hogares. Nuestras familias agradecerán que entre color en nuestras casas. Las flores son vida. No sobran (precisamente en estos momentos) flores en nuestras vidas. No sobra vida.

Dos jóvenes y entusiastas emprendedoras coruñesas, Carmen (de “Pilar y Carmen”) y María (de “Modas Otero”) llevan toda la pandemia insistiendo en sus redes sociales en la mutua ayuda con el pequeño comercio y la hostelería, en la cadena de favores, en los eslabones que se engarzan con el “hoy por ti, mañana por mí”…;  esa idea de recíproca solidaridad que plasmó esta semana María en un cartel que vi en su muro de Facebook: “¡Si no nos unimos, nos hundimos! ¡Seamos equipo!”. Muy acertado. Ante ello, nada más que decir.

Bueno, sí: ¡díselo con flores!