Estos meses hemos aprendido una palabra nueva: asintomático. Quiere decir que estando enfermo o teniendo el maldito virus, no se sienten o se tienen síntomas y aquí no pasa nada. Quiere decir que uno está tan tranquilo y que aquí no pasa nada y que se puede andar por calles, casas y montes sin que se note que uno es un potencial difusor de la enfermedad. Quiere decir que uno puede estar punto de palmarla y puede correr su maratoncito particular porque nadie le dice como a los cartujos que eres polvo y en polvo te vas a convertir.

Es lo malo del invento. Si la gente asintomática se pusiera por ejemplo de color verde todos sabríamos a que atenernos. Es lo menos que se puede pedir. Lo otro es una faena. Y como el asintomático, no todos, pueden andar por la vida silbando, pasa lo que pasa porque los test y los PCR no curan nada, solo dicen que estás enfermo o no lo estás. Que eres negativo o positivo. Antes eras positivo y te aplaudían. Ahora estás en modo positivo y te recluyen.

Aquí, por lo que parece, lo que ha faltado es meter miedo a la gente. Entiendo el por qué no se ha hecho, pero los efectos están a la vista. Hoy la OMS decía que el 7% de las pruebas en España dan positivo y la Organización Mundial de la Salud alerta que si se supera el 5% la cosa es grave.

Estamos pues yendo por el mal camino.

Yo se que ver cuarenta ataúdes juntos, o viejitos morir solos en residencias, o a un paciente cabeza abajo en la UCI, o con un tubo respirador que te rompe hasta la tráquea, o pacientes respirando a duras penas, o gente joven tan perjudicada como gente mayor, o familiares en duelo es terrible. Pero al no ver estas imágenes hemos creído que tras el confinamiento todo estaba superado y que a los rayos de sol había que acompañarlos con reuniones, comilonas, botellones, bailoteos, y excesos que en época normal es lo normal en el verano, cuando no hay virus.

Pero es que estamos en una época excepcional.

Creo que habría que hablar más de las vacunas, de que esto seguramente se curará en breve, de que mientras esto no ocurra habría que declarar el estado de excepción propagandístico sanitario y meter miedo, mucho miedo, asustar al personal pero no con falsedades sino simplemente mostrando la realidad.

Solo así podíamos acusar el golpe y poner a los difusores del bichito en su sitio y decirles que porque no tienen el color verde en su cara dura eso no les permite infectar al personal.

Y es que la gente solo reacciona ante el miedo, no ante la reflexión sensata si no ve el peligro tocando su puerta.

Y que la Consejera Murga aparte de sus agudas y contundentes amenazas saque a la palestra fotografías que nos metan miedo. Mucho miedo, o se emitan programas como el de Informe Semanal en el que veíamos jóvenes con las terribles secuelas de haber superado malamente el coronavirus.

Lo mismo que Illa y Simón.

Es lo único eficaz para tanto borrego suelto.