José Manuel Dapena Varela 

Abogado

Así, sin solución de continuidad, estos últimos días un buen número de personas han pasado de estar confinadas en sus domicilios, a lanzarse confiadas a las calles en las franjas de horarios permitidas (en el mejor de los casos…) sin guardar los protocolos establecidos en cuanto a distancia física o medios de protección individual. Un exceso de confianza que raya en la temeridad, en la desconsideración, o en ambos factores a la vez.

Después de tantos días encerrados, o con esporádicas salidas en ámbitos autorizados, lanzarse con alegría a la calle es comprensible e incluso deseable, para ir dejando atrás angustias y malos momentos. Pero la sonrisa es compatible con la mascarilla o la protección facial correspondiente. E igualmente con la separación física. No se pueden dejar atrás prevenciones y cautelas.

La conducta de unos pocos no puede echar por tierra el esfuerzo y los sacrificios de una mayoría.

Cerca de nosotros, el alcalde de Ares, Julio Iglesias Redondo, citando a Robert Louis Stevenson (“La memoria es magnífica para olvidar”), exponía hace unos días su temor a que se le hubiese perdido el respeto al coronavirus demasiado pronto. Con mayor cabreo se expresaba, a más kilómetros, el alcalde de Milán al observar el comportamiento de algunos de sus vecinos en calles y paseos de su ciudad.

Primera salida

Lastimosamente, algunas personas parecen necesitar ahora una pedagogía semejante a la fundamentadora de aquellas desgarradoras campañas publicitarias de la DGT destinadas a mentalizar sobre las terribles consecuencias de los accidentes de tráfico: ver ante sus ojos alineados los ataúdes de las víctimas del coronavirus, o la tristeza de sus seres queridos. Es una pena no aprender en cabeza ajena.

Milán

Hoy por la mañana, al desayuno, leía con tristeza en twitter un hilo de una apreciada y entusiasta fan del Básquet Coruña, de avatar “Lemur Lemuriano” (@loqdicemilemur). Transcribo algunas líneas de sus tuits:
“No suelo escribir cosas personales y he tenido dudas al respecto, pero espero que sirva para que alguien que iba a cometer una temeridad no la cometa. Ayer murió mi suegro por COVID… Mi suegro no era un número. Era una persona enamorada de su familia; una familia que no ha podido estar con él y ni siquiera junta para pasar esto. Mi marido, por tener el “lujo” de despedirse 5 minutos, está aislado de nosotros para evitar un posible contagio. Imaginad el dolor, sin poder abrazar y sin ser abrazados. Y mientras tanto, desde mi ventana, sigo viendo gente saltándose las normas, gente que no se toma esto en serio, imprudentes que harán que más familias tengan que pasar este dolor. Disfrutad la vida, haced deporte, intentad ser felices, pero por favor, desde la responsabilidad. Esto no es una broma. Mi suegro no era un número más del que hay que alegrarse porque es menor que el anterior. Cada uno de ellos es una familia con una historia durísima detrás. Por favor, por favor, sed prudentes, respetaos y respetad a los demás… Debemos hacerlo por los que no van a poder, para que cuanto antes nadie más tenga que pasar por esto, y por quienes se juegan la vida trabajando para frenarlo…. No les fallemos, gente. Por todos y para todos”.

Además de sentimiento naranja, tengo sentimiento blanquiazul. Como deportivista  no puedo dejar de recordar (salvando, obviamente, las distancias entre una y otra situación) las sabias (y premonitorias) declaraciones de Arsenio Iglesias en rueda de prensa antes del infausto partido contra el Valencia C.F.: “… tú lo que no puedes es andar como locos con la fiesta, como ya pretendemos andar un poco…, con la fiesta…. ¡Ojo con la fiesta!, porque te la quitan de los “fuciños” inmediatamente…”.

Barcelona

Algunas erróneas celebraciones a destiempo han propagado, quizás, la falsa imagen de que la pandemia había ya concluido, y nada más lejos de la realidad. Todos estamos con ganas de decirle adiós al coronavirus y poder festejarlo. Sin embargo, cada cosa a su tiempo. Ahora debe imperar la prudencia y la responsabilidad. Sobre todo la de quienes tienen una imagen pública y un ejemplo que dar. De humanos es equivocarse. Vale. Toca seguir y aprender de esos errores para no repetirlos ni regodearnos en ellos.

Entre ser prevenido y ser desaprensivo hay una gran distancia que es la que debemos respetar en nuestro diario deambular. Por nosotros y, sobre todo, por los demás. Distancia y precaución. Salud y saludos.