El confinamiento ha cambiado nuestros hábitos: ya hablamos por teléfono hasta con primos segundos que apenas conocíamos, por alterar así nuestras rutinas. Pero la cosa está empezando a tomar un sesgo peligroso.

Para empezar nos hemos liado a participar en tantos chats —antiguos compañeros de colegio, gente que conocimos en un crucero, vecinos de la urbanización, padres de alumnos,…— que apenas si nos da tiempo a seguirlas todas. En cuanto nos descuidamos llegan a los cien mensajes y entonces supone todo un agobio.

Con todo, eso no es lo más importante. Lo peor es cuando alguien introduce una opinión ideológica: se arma entonces la marimorena, con descalificaciones cruzadas y los abandonos masivos del chat.

La culpa la tiene el invento aquel de la “intolerancia cero”, ¿se acuerdan?, por el que no pasamos ni una a quien no opine como nosotros. Entre eso, y la hipersensibilidad de un confinamiento que no sabemos cuándo se acabará estamos que echamos chispas.

Me lo han confirmado varios amigos que ven cómo se desvanecen los participantes en diferentes whatsaaps y con unos malos modos rayanos en el insulto.

 Es que hemos hecho de la confrontación ideológica un modo de vida y no admitimos más que nuestra propia verdad, a pesar de las evidencias en contrario, y presumimos en el oponente la esencia de toda maldad, a ser posible —y en esto la izquierda lleva ventaja— en forma de facha, capitalista y cabrón cuando no con dicterios aún peores.

O sea, que los whatsapps sacan lo peor de todos nosotros y no es la tolerancia —la aceptación del diálogo, el acuerdo, el consenso…— que exigimos a los políticos, la mayor de nuestras virtudes. Si no más bien, al contrario.