José Manuel Dapena Varela

Abogado

Siendo conscientes de que quedan todavía muchos kilómetros por recorrer, el optimismo (dentro de la paciente cautela) empuja a pensar que comienza a verse la luz al final del túnel. Un túnel sanitario al que por desgracia seguirán otros túneles, para los que nos hemos de ir mentalizando y preparando.

Estos días de confinamiento en casa  nos han deparado múltiples y variadas situaciones y anécdotas. En la disparidad de criterios y opiniones (el enfrentamiento político cainita por desgracia no ha cesado) creo que ha habido al menos un punto de común encuentro y coincidencia: el de los cariñosos aplausos desde las ventanas y balcones, los merecidos ensalzamientos desde los medios de comunicación y los justos reconocimientos en las redes sociales a tantos y tantos profesionales que a lo largo de estas semanas nos han cuidado y que han velado para que el entramado social mantenga su estructura básica: los profesionales de la Sanidad (facultativos, enfermería, auxiliares, celadores…), farmacéuticos, empleados de tiendas y supermercados, del transporte y la logística, de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, de las Fuerzas Armadas, de Protección Civil, de los servicios sociales en su amplia gama, ONGs, periodistas, teleoperadoras, etc, etc, etc, … Pongo puntos suspensivos porque por fortuna la lista sería  interminable.

Digo por fortuna, resaltando que me siento feliz y orgulloso de vivir en A Coruña. Una ciudad cuyos servicios sociales municipales, de la mano del tejido asociativo y asistencial coruñés (Cocina Económica, IBS Padre Rubinos, Renacer, Asociación Antonio Noche, ASPRONAGA, ASPACE, Cruz Roja, el movimiento leonístico, donantes particulares, etc, etc, etc, … -otra lista inabarcable-)  han prestado desde el primer minuto ayuda, comida, alojamiento y asistencia para que ningún vecino, sin importar edad ni condición, sufriera rigores adicionales a los propios del coronavirus.

No puedo dejar de mencionar de modo expreso a tantos autónomos  y pequeños empresarios que, con sus negocios cerrados y con la incertidumbre de cuándo y cómo van a poder reanudar sus actividades, han aportado su esfuerzo solidario y su buen hacer desde sus hogares en favor de los demás.

Los aplausos y las lisonjas están muy bien, refuerzan la moral y estimulan el ánimo. Pero obras son amores…

¿Nos acordaremos, como sociedad, de todos estos grandes profesionales cuando esta situación pase? ¿Apoyaremos en el futuro sus reivindicaciones de medios y condiciones de trabajo dignas? ¿Nos resultarán indiferentes los contratos precarios, los turnos incompatibles con la mínima conciliación familiar, las carencias presupuestarias? ¿Admitiremos presupuestos públicos que no mantengan unos servicios públicos suficientes y de calidad? ¿Toleraremos recortes en los servicios esenciales? ¿Miraremos el origen de los productos que compremos? ¿Mimaremos a los pequeños comercios y a las tiendas de barrio, a los autónomos y a los pequeños empresarios? ¿Nos será indiferente la falta de estabilidad laboral en sectores que ahora se han revelado claves?

Está claro que la pandemia del COVID-19 marcará un antes y un después.  Nada volverá a ser igual. Esta pandemia puede marcar un antes y un después en muchas cosas. Depende de nosotros lo que suceda en el futuro. Esta crisis nos ofrecerá la posibilidad de mutar comportamientos y tendencias. A mejor, o a peor…, nada está aún escrito.

Las mascarillas (inadmisiblemente cada vez “más carillas”) constituyen un ejemplo palmario de hasta qué punto hemos dejado languidecer y morir la industria propia en favor de las importaciones. Incluso de productos que se han revelado, en su aparente simpleza, fundamentales y estratégicos. Hablamos de mascarillas, no de alta tecnología.

Lo barato sale caro. Se repite muchas veces y ha resultado una gran verdad: a la larga lo barato ha resultado muy caro. No solamente para España, sino para todo el llamado “Primer Mundo”. Tanta potencia económica y faltan simples mascarillas. ¿Vamos a tolerar esta situación de desequilibrio empresarial y productivo, o vamos a procurar revertirla? ¿Qué pasará con la diáspora de nuestros jóvenes talentos universitarios?

Espero (quizás con ingenuo optimismo) que no caigamos en el “gatopardismo”: cambiar todo para que nada cambie, cambiar para que todo siga igual. Por eso apelo al recuerdo, a la memoria, para que sepamos actuar conforme a lo vivido y aprendido en una forma tan dura. El dolor por las pérdidas humanas (seres queridos que ya no volveremos a ver) y el sufrimiento por los sacrificios que vendrán deben movernos hacia nuevos comportamientos y a exigencias fundamentadas en lo recientemente experimentado. Podemos y debemos hacerlo.