Ramón Rivera

Leo con profunda tristeza e indignación el artículo de Alfonso Ussía que, en su momento, fue censurado por Francisco Marhuenda en La Razón. Francisco Marhuenda, que hasta hoy me había caído bien, venía perteneciendo a ese grupo social que Brecht catalogaba como “indiferentes”, pero hechos como este nos demuestran que lentamente se está desplazando al de los “simpatizantes” y es que como decía Aute: “Yo la bandera la llevo en la billetera” ¡QUÉ PENA!, aunque no es de extrañar, dado que cualquiera que haya pasado por la universidad española sabe de la sumisión complaciente de los cátedros con la estructura del poder. Hoy se imponen los métodos taimados y sibilinos de cepillado y pulido de las aristas sociales por parte de esa nebulosa que incluye a políticos y “estómagos capitalistas agradecidos” que reparte consignas entre sus “acólitos” de la prensa y el micrófono y ¡así nos va! Si un país adolece de un periodismo cobarde y acomodaticio que vende su alma por un canapé de salmón en un ágape oficial ¡para qué coño queremos la democracia! Hasta ahora, los dictadores dominaban al pueblo con métodos bárbaros y violentos. Hoy, en esta pseudodemocracia que nos ha tocado sufrir, estos procedimientos han caducado para dejar paso a otros más jesuíticos como la manipulación o el pellizco de monja y, víctima de esta nueva tendencia, ha caído Alfonso Ussía, uno de los grandes referentes como comentarista y humorista que nos quedaba. Los liberales vemos con repugnancia como esa sarna silenciosa se extiende sobre nuestra piel y nos viene a la memoria la vieja frase de Orwell: “en tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”

En cualquiera de los casos Ussía pronto tendrá un hueco profesional en cualquier publicación de prestigio, pues esta prensa “vaciada” no puede permitirse el lujo de renunciar a una pluma tan brillante, que tiene, junto con el desaparecido LUIS SÁNCHEZ POLAK (TIP), en su palmarés el haberme hecho reír a carcajadas y alegrar mis días, que trascurrían en la grisura de lo cotidiano hasta oír el DEBATE DEL ESTADO DE LA NACIÓN. Por todo ello, adiós Dr. Gorroño, adiós Jeremías Aguirre y adiós Alfonso que los has traído al mundo de las ondas, el “Nuevo orden” los considera nocivos en esta España gris que se está gestando, donde no hay cabida para la frescura de tus textos y el sentido del humor con que nos has deleitado.

En la nueva sociedad personajes como el Dr. Gorroño o Jeremías Aguirre no tienen más salida que retirarse dignamente al cortijo del Marqués de Sotoancho mientras los nuevos títeres como “El doctor Simón o el infame Coletas” ocupen la calle. Pero nos queda el consuelo de pensar que, si un insignificante virus ha doblegado la prepotencia arrogante del gobierno, los pocos que aún somos también lo haremos.