José Manuel Dapena Varela

Abogado

Se dice que en las crisis aflora lo mejor y lo peor de las personas. Puede que sea realmente verdad.

A comienzos de esta cuarentena por el coronavirus, por azar, leí una entrevista a una famosa paleoantropóloga donde le preguntaban por cuál había sido el descubrimiento, en su campo sobre la evolución humana, que le había hecho más ilusión. Respondió que había sido el hallazgo de un fémur fracturado y soldado, pues indicaba que durante dos meses en que ese individuo no habría podido desplazarse por sí mismo, había sido alimentado y cuidado por el grupo. Había logrado sobrevivir gracias al grupo. La solidaridad y la empatía como valores de la evolución humana.

La solidaridad no es dar lo que te sobra, es compartir lo que tienes.

El ser humano no ha nacido para estar solo. De ahí que otro salto evolutivo importante haya debido de ser el poder de abstracción: ver en nuestras mentes lo que no está delante, sentir cerca a quien está físicamente lejos. Unos resortes a los que echamos mano a diario en este forzado encierro.

Vienen estas reflexiones a mi cabeza a cuento de las declaraciones que han impulsado que me ponga a escribir estas líneas.

Nicanor

Un relevante epidemiólogo holandés, con puesto de jefatura en una universidad de los Países Bajos, reprochaba a Italia y a España el criterio a la hora de enfocar los cuidados a las personas afectadas por el coronavirus, resaltando que por razones culturales en los países latinos  se intentaba salvar a los ancianos a cualquier precio y que así se colapsaba la capacidad de las UCI. Desde luego toda una declaración de intenciones sobre el criterio neerlandés de selección de pacientes frente a la epidemia del COVID-19.

En estos momentos en que afloran expertos multidisciplinares por todas partes confieso con toda humildad que no soy un experto en deontología médica. Puede sonar duro que por querer salvar a todos, se puedan morir muchos. Pero más duro suena en mis oídos y en mi conciencia que, por razones de edad, vayamos a abandonar a su suerte a nuestras madres y a nuestros padres, a nuestras abuelas y a nuestros abuelos, a quienes nos cuidaron y atendieron cuando nosotros los necesitamos a ellos. No desearía pertenecer a una sociedad que se comportara así.

Abuela

Quiero ser de la “Tribu del Fémur Consolidado”. Una sociedad solidaria, integrativa, empática, donde la cultura del respeto al anciano sea un pilar, donde se valore lo que los mayores nos han aportado y nos aportan. Os nosos velliños e as nosas velliñas. Vivimos de un modo muy especial en nuestra tierra el contacto y la relación intergeneracional de los nietos y nietas con las abuelas y abuelos. Nosotros también lo seremos. Y queremos serlo con ese mismo afecto y valoración.

Se suceden muchas muertes por coronavirus en residencias de ancianos (muertes que duelen a sus familiares y allegados, y -me consta- duelen profundamente a los muchos profesionales abnegados que con los medios disponibles han derrochado y derrochan esfuerzos allí para atenderles).

También proliferan estos días, en las redes sociales imágenes de videoconferencias multibanda para mantener el contacto visual y auditivo con nuestros queridos abueletes; abundan las iniciativas para llevarles a sus casas productos alimenticios, farmacéuticos, …, o simplemente cariño sin riesgos. Gestos y actuaciones que demuestran que hay esperanza en esta sociedad que no quiere dejar atrás ni solo a nadie.

La gran familia

Malo si los criterios médicos se someten a criterios economicistas y la salud al beneficio mercantilista.

Cuidemos a nuestros mayores.

Cuidaos vosotros también. En casa. En familia.

¡Ah, la familia!