Ramon Rivera

Del hecho que paso a relatarles he sido actor y testigo de calidad. Comienzo:

Tendría yo unos 30 años cuando compartí mesa con L.J., militante de la derecha y a la sazón alto ejecutivo (Presidente) de una gran empresa nacional, y con M.L., abogado de prestigio, gran amigo de mi padre, ya fallecido y simpatizante, como buen millonario, de la Izquierda. Ambos eran amigos de la infancia y la comida, que había propiciado yo, con objeto de que recordasen viejos tiempos. Una vez concluidos los temas banales, se enzarzaron los dos, con ardor de colegiales, en una acalorada discusión donde cada uno defendía sus honradas ideas respecto a Política y Sociedad. Ambos eran Señores de los pies a la cabeza, muy lejos de los trepas que hoy en día pululan por los partidos políticos. Yo me mantuve imparcial y un tanto absorto y, como siempre ocurre en estos casos, al término del ágape los dos se dirigieron a mí por separado para decirme que habían interpretado mi silencio como postura identificativa de mi coincidencia con sus tesis.

Concluido el verano los vi esporádicamente, aunque me solía encontrar con M.L. con más frecuencia que con L.J., que sólo venía a La Coruña cuando tenía algún Consejo de Administración que presidir.

M.L., espléndida persona, que había mantenido una sólida amistad con mi difunto padre, estaba por aquellos tiempos separado y era buen aficionado a la vida nocturna, al igual que yo. En una ocasión me dijo si yo compartía su ideología socialdemócrata. Eran los tiempos en que en Alemania daban lecciones al mundo con estadistas de alto nivel: Willy Brandt y Konrad Adenauer. Basándome en esto le contesté que no me era indiferente la ideología de la socialdemocracia, pero sólo creía en los partidos políticos sin afán de poder que limitaban su actuación a una mera labor censora y testimonial en bien de la Sociedad, señalando los vaivenes a los que nos sometían los políticos como Adolfo Suárez y sus acólitos de la Unión de Centro Democrático (UCD). A esto me contestó que eso era el Partido Socialista Popular (PSP) en que él militaba en calidad de responsable local, y me invitó a participar con él en un equipo municipal, en el cual se me asignaría el puesto de Concejal de Obras y Servicios, presentándose él para Alcalde. Dado que yo no dije ni sí ni no me inquirió si yo sentía simpatía por algún miembro destacado de su partido. Yo descarté al Líder Tierno Galván, que siempre me había parecido un hipócrita, como tan bien definió Alfonso Guerra cuando lo calificó de “víbora con cataratas”, pero sí me identificaba con algunos burócratas como Enrique Barón, Enrique Ballestero, que había sido Catedrático mío en Administración de Empresas, y con Raúl Morodo. Terminada la charla nos despedimos y a los pocos días M.L. se puso en contacto conmigo para hacerme partícipe de lo que para él era un punto de avance en la negociación. Según me dijo había hablado con Raúl Morodo sobre mí y este último le había expresado su interés por conocerme, para lo cual estaba dispuesto a desplazarse a La Coruña, lo que aprovecharía para impartir una conferencia que tenía prometida. El lugar donde se celebraría el acto era un recinto de los Jesuitas, en la calle Fonseca de nuestra ciudad. Yo acepté y, llegado el día, M.L. me presentó a Raúl Morodo. Confieso que mis defensas se vieron abajo ante aquel político extremadamente educado y culto, por lo cual nos enzarzamos en una conversación que, al prolongarse un poco más de lo que las normas sociales aconsejan, lo retrasó en el cumplimiento de las obligaciones contraídas que le habían llevado a desplazarse a nuestra ciudad. En el momento de la despedida me pidió que hiciese por coincidir con él, en alguno de sus viajes, para pasar un día entre amigos charlando sobre distintos asuntos que nos preocupaban a los dos.

Pasado el tiempo, M.L. me llamó para decirme que Raúl Morodo estaría un par de días en Sevilla y que me recordaba mi promesa de reunirnos. También me dijo que, dado que le divertía mucho el presenciar nuestros debates, él asistiría, aprovechando que sus obligaciones jurídicas así lo permitían.

Por aquel entonces, yo dirigía una empresa que mantenía estrecha relación con una firma perteneciente al Banco Urquijo, donde conocí compañeros con los que establecí una buena relación. Pertenecían a este grupo de técnicos vinculados al Banco como Juan Miguel Antoñanzas; José Miguel Carcamo (fallecido en el incendio del Corona de Aragón); Serrano, alto ejecutivo de Fibrotubo-Fibrolit; Calvo Sotelo y otros muchos que mantenían con mano firme el timón del grupo empresarial del Urquijo, banco referente en España, que compaginaba el modelo de banca comercial implantado por el Banco Central y el Industrial que por entonces lideraba el Bilbao-Vizcaya.

Además, tenía pendiente una invitación para visitar la fábrica de cerámica Bellavista en Dos Hermanas (Sevilla), con la cual manteníamos fluida relación comercial. Y así fue, hablé con el gerente y me informó que las fechas eran propicias y que estaban encantados porque aceptase su reiterado ofrecimiento. Yo le dije que iría por mi cuenta, dado que viajaría con un gran amigo, M.L., a lo cual él me contestó que estaba incluido en el compromiso de la visita y que desde ese momento reservaba billetes de avión y 2 habitaciones en el Alfonso XIII, a la sazón, el Hotel más emblemático de Sevilla. Ante esta nueva posibilidad, me puse en contacto con M.L. y se lo dije, pero cuál fue mi sorpresa cuando capté que me hablaba con evasivas aconsejándome que él y yo pernoctásemos en otro Hotel que no fuese el Alfonso XIII. A mí no me parecía lógico y objeté que, dado que Raúl se iba a alojar allí, podríamos hacer sobremesa ante un par de buenas copas de 1866, que era mi brandy favorito, y luego, una vez concluida la cena, “cada mochuelo a su olivo” pero sin tener que transitar nocturnamente las calles de Sevilla.

Pocas veces soy insistente en la defensa de mi postura pero, esta vez, confieso que acosé a M.L. por creer que se sentía violento por colarse de rondón en la invitación de nuestros amigos de Cerámica Bellavista, y como lo conocía y lo tenía por persona muy comedida y espléndida en cuanto a atenciones con los demás, abusando de la confianza que me permitía la vieja relación de amistad familiar le dije que no había más que hablar que iríamos al Alfonso XIII y que luego, si quería corresponder a nuestros amables anfitriones, nos invitase a tomar un Gin Tonic en “casa de la Mónica”, famoso burdel de alto standing de moda en Sevilla. Ante mi pesada insistencia y ya bis a bis M.L. se vio obligado a ponerme en antecedentes de aquello que motivaba su postura, tenazmente mantenida, y así fue su explicación, que transcribo literalmente dado que quedó grabada a fuego en mi cerebro de idealista con tendencias caballerescas:

“Verás Moncho, no me gusta que vayamos al Alfonso XIII ni menos involucrarte a ti en algo que desconoces, por ello me veo en la obligación de hacerte partícipe de un secreto respecto a Raúl Morodo y, una vez conocido, tú juzgas y decides. Resulta que Raúl Morodo, cliente de prestigio del hotel, suele relacionarse con algunas “compañías juveniles” que no son concordantes con el prestigio del establecimiento, todo un referente en el mundo de la hostelería”. Totalmente disconforme con tal comportamiento, la dirección se veía obligada a hacer la vista gorda, aunque el escándalo era un secreto a voces que M.L. temía trascendiese a la prensa pudiendo vernos involucrados. Ante tal confesión, la imagen de mi nuevo amigo se vino abajo y sin pensarlo demasiado anulé el viaje, correspondí a mis anfitriones y le dije a M.L. que yo no militaría nunca en un partido (P.S.P.) donde sus dirigentes llevasen cierto tipo de vida o, mejor dicho, de “mala vida”, pese a lo cual no rompí el proyecto de vernos con Raúl Morodo, puesto que yo no soy quien para juzgar, pero si para actuar con respecto a mis principios. No tardó mucho tiempo en aparecer en prensa la noticia sobre una supuesta segunda vida de Raúl Morodo, lo cual creo le perjudicó notablemente en su brillante carrera política, pese a todo aún sostengo mi primera impresión de que trataba con un caballero, inteligente, culto y políticamente brillante con el que me gustaría compartir largas charlas  entre amigos, más cuando leo actualmente su supuesta involucración en delitos económicos respecto al criminal Maduro, pienso en que triste es ir como dice el tango “cuesta abajo en la rodada” y ratifico mi idea a la vez que veo imágenes de la manifestación de “amazonas cabreadas” donde un pobre Grande-Marlaska, con un anorak rojo y una pañoleta anudada al cuello camina “del ganchete” con la estrafalaria y ordinaria Carmen Calvo, que parecía una “amanita phalloides” debajo de la inmensa gorra con la que había decidido ataviarse y de Nadia Calviño, hija de una compañera mía en el colegio Dequidt a la que sus amigas conocían por “SUSI” que, a decir verdad, en su adolescencia era un magnífico ejemplar de “Ternera Gallega” de toma pan y moja, y una vez emparejada con el brillante José María Calviño, trajo al mundo esta futura mujer inteligente y culta, a la que considero una auténtica Señora, máxime cuando además conserva el innegable atractivo de su madre y tal vez la capacitación de su padre que, a mi modesto entender, no me inspiraba ninguna atracción física si bien reconozco los méritos de su gestión al frente de RTVE, seguramente apoyado por su esposa, hoy, madre de nuestra ministra, que se mantuvo discretamente en segundo plano y no hizo uso, como otras, del poder político de su marido en provecho propio o de los suyos. Y respecto a Grande-Marlaska pienso con pena que fue para mí otro jarrón roto, y que triste es la decadencia de un buen hombre ocupando un cargo tan exigente de testosterona como el de Ministro de Interior. Y sobre la ministra Nadia Calviño ¿Qué voy a decir? Sólo que lamento enormemente que se haya dejado involucrar en este gobierno cargado de mentiras y contradicciones y que pese a su errónea elección me sigue gustando por ser el bastión que frena las comunistoides posturas del infame y resentido “Coletas”, aunque ella se mantenga incólume como una virgen en mitad de la orgiástica cama redonda, con su collar de perlas y su sonrisa dulce, que armoniza con la mirada limpia de sus bellos ojos azules.

Y remito al lector a una de mis películas favoritas “MUERTE EN VENECIA” de Luchino Visconti, donde un hombre culto y refinado se ve arrastrado al ridículo por no poder refrenar una pasión que lo consume como una limadura de hierro en un campo magnético. ¡Qué tristeza que el destino teja su funesta tela de araña para atenazar al hombre de bien y conseguir que dilapide inmisericordemente el inmenso patrimonio de su dignidad ante la Sociedad que lo distinguió!, pero tal vez eso constituya un reconocimiento de la pequeñez del ser humano. No me gusta jugar a ayatolá ni señalar con dedo acusador buscando una lapidación, pero la verdad ha de presentarse desnuda y carente de matices, luego que el interlocutor juzgue según su criterio. Y dos citas que sirvan para la reflexión, como dijo el clásico “DE PUTAS Y DE LADRONES TODOS TENEMOS BLASONES”, y “NO JUZGUEIS SI NO QUEREIS SER JUZGADOS” por lo tanto, me despido con el viejo término árabe ¡Insha’Allah!