Ramón Rivera Guitián

Hablo con un viejo amigo de aquellos tiempos en que nuestra ciudad jugaba a ser cosmopolita y vivía mirando al horizonte en espera de la llegada de algún barco de ultramar, sabedora de que en él venían otras costumbres, otros productos y hábitos de vida que nos harían más universales. Los visitantes no escapaban de nada, sino que volvían por cariño a los suyos una vez que habían logrado llenar el bolsillo y conocer otros mundos, dado que no hay universidad que enseñe tanto como la vida y el viaje. Recuerdo que en mi casa se aludía a ese “patriotismo pueblerino” parodiando la frase que un padre le decía a su hijo cuando este le expresaba su deseo de marcharse ¡MIRA FILLO, VICHES BERRENDO, VICHES O MUNDO ENTEIRO! Y es que aún tengo presente a un jornalero de Cambre, que trabajaba en el jardín de nuestra casa, al que le había tocado hacer la mili en África, cuando volvió hablaba un poco de árabe, y por eso le llamábamos “Jamalaja”. Benigno, que así se llamaba el personaje, que era mi amigo favorito y muy querido por todos los míos, en África aprendió muchas cosas, no todas buenas dado que solía buscar en el alcohol un remedio infalible para tener dulces sueños. Con el tiempo prosperó y se hizo propietario del cine, que no era más que un local de paredes desnudas y caleadas con un montón de sillas de tijera y una pantalla. Benigno, en su papel de operador, proyectaba las películas, y como todo el mundo que lo conocía y apreciaba hacía la vista gorda cuando, vencido por el sueño y con alguna copita de más, movía involuntariamente la cámara ofreciendo a los espectadores medio plano en la pantalla y el resto en la pared medianera. En situaciones como esta el público le chillaba, no para abroncarlo sino para despertarlo, y si la cosa se prolongaba asumía la realidad con notable paciencia y giraba sus sillas enfrentándolas a la citada pared, donde Carmen Sevilla nos seguía pareciendo tan guapa o Burt Lancaster (pese a su notoria homosexualidad nos seguía pareciendo un “macho alfa” ¡pero, de verdad!, nada que ver con el canijo COLETAS).

La civilización se había afincado en nuestros pueblos y había hecho estragos hasta tal punto que R., una buenísima mujer a cuyo marido protegía mi padre, en uno de los muchos días en que iba a tomar café de pota a su casa, me sirvió un té, aclarándome que ahora en Cambre ya no se tomaba café, que mucha gente había emigrado a Inglaterra y había extendido la teoría de que el café era bebida ordinaria, que lo elegante era servir té. Yo, jodido, me mostré gratamente sorprendido y mentalmente dije adiós al exquisito café de pota, servido en taza agrietada con azúcar húmedo y profusión de aguardiente, que era mi delirio, y que al igual que a Benigno me transportaba al paraíso de las huríes. ¡Y así va la vida aprendiendo día a día, no siempre cosas buenas!

Es mi amigo, una auténtica figura de esos últimos de Filipinas, que mantienen tenazmente el viejo coruñesismo amable y hospitalario de la Plaza de España, último bastión de defensa de lo auténtico frente a la invasión de la cursilería actual. Y su conversación me hace recordar cuando en verano visitaban nuestra ciudad las Compañías de Teatro y Variedades y, en primer lugar, tan puntual como los estorninos, un hombre bueno y cabal, un caballero que rompió todos los mantras de la estúpida progresía, ARTURO FERNÁNDEZ, elimino el Don porque ese tratamiento marca cierto distanciamiento y no quiero dejar de revindicar que ARTURO es tan nuestro como el Museo del Prado, y representa una buena parte del patrimonio nacional. Personalmente, sostengo el repudio a la vieja costumbre hispana de adornar al difunto de todas las virtudes omitiendo su lado oscuro, y por eso no me salen bien las necrológicas, porque una vez metido en harina acabo poniendo a parir al fallecido, y es que me pregunto: Si un hombre fue un hijo de puta en vida, ¿cómo va a trocarse de súbito en un espíritu seráfico por el hecho natural de haber fallecido? Reconozco que me debato entre la profunda alegría por la muerte de algunos, y siempre pienso que la humanidad quedará más limpia, y me saltan las lágrimas en el otro caso, reflexionando que cuando el mundo pierde un hombre de bien gana un mito. Por ello, no escribo necrológicas aunque confieso que lo haría con gusto si se tratase del Chicle o algún oportunista agitador político, pero el Diablo es mejor aliado que ese Don Tancredo que ve sufrir a sus hijos impávido, un Dios que me niega el placer de asistir al entierro de MADURO, ocasión que aprovecharía para vestirme con bata de cola negra y velo de viuda, y enjugar las lágrimas del ministro Marlasca (ahora me doy cuenta de que no es ministro de asuntos exteriores ¡En que estaría yo pensando!).

También me manda mi amigo unas viejas fotos de Julito y la Pamela, personajes entrañables de La Coruña, en aquellos tiempos felices en que se autodefinían como MARICONES y tenían más hombría y dignidad que los que hoy se muestran vestidos de mamarrachos en las caravanas del orgullo gay.

Y volviendo a nuestro protagonista, el genial ARTURO. Hago mención a una perorata que mi padre me dedicó un día en mi temprana edad. El mensaje era como sigue: “Monchiño, por el hecho de haber nacido ya eres un Señor, pero tú no has hecho mérito alguno para merecer tal tratamiento, lo que sí es valioso y se consigue día a día es el ser un caballero, lo que marcara tu trayectoria en este pasar que es la vida”. Arturo, pese a su origen humilde, era lo que mi padre aludía, UN CABALLERO, correcto, fino, elegante y respetuoso galanteador, un hombre al que no podríamos odiar aunque nuestra mujer se escapase con él, pues eso más que un adulterio constituiría un test de inteligencia felizmente superado. Vivió rompiendo mitos, como el de que “la clase obrera está condenada de antemano”. Y aprendió, se pulió y triunfó sin perder sus orígenes, como debe ser, pero en su valentía cometió el error imperdonable, de hacer pública su ideología, de no querer mamar en las ubres oficiales ni militar en esa famélica legión de parásitos que cada año nos sorprenden con la genial idea de dirigir una obra sobre la guerra civil. Por eso, estos mediocres, que actúan en “cepas” como los virus, lo ignoraron, condenándolo a los que los izquierdosos llaman la muerte civil. Él, impasible, persistió valientemente en su postura difundiendo su mensaje a quien quisiese oírlo y dejando frases como esta: “FRANCO A MI LADO ERA UN COMUNISTA”.

Nota: En el momento de escribir estas líneas le pido a mi mujer que me prepare una bolsa con los artículos de higiene para ingresar en la cárcel por designio inapelable del COLETAS y su TROUPE. En ella, pese a mis problemas de lumbalgia, tiraré sistemáticamente el jabón en las duchas y tal vez así consiga un hombre bueno y aseado que mitigue mi soledad. La verdad es que odio el no sentirme deseado y a mis 72 años ¡estoy tan solo!

Y concluyo. Adiós Arturo, buen amigo, caballero donde los haya y galán atildado, pero no amanerado, que estará en el cielo en una parcela en “primera línea de playa” junto a los grandes actores españoles: José Bódalo, Fernando Fernán Gómez, Pepe Isbert, Manolo Morán, Fernando Rey, Toni Leblanc y otros muchos que aún hoy nos enternecen con aquella visión de la vieja España, cargada de defectos, pero muy querida cuando por aquellos tiempos era considerada una madre ¡LA MADRE PATRIA!

Mis condolencias a su viuda (un hombre bueno después de dar tumbos en la vida siempre acaba topando con una mujer inteligente).

Y FINALIZO ¡ADIOS ARTURO! ¡NO DEJAREMOS QUE TE VAYAS, SIEMPRE PERMANECERÁS ENTRE NOSOTROS!

Nota: Dedico este modesto artículo a mi buen amigo, Roberto Fagil, coruñés modélico, inspirador de estas reflexiones y persona de bien, siempre en mi recuerdo.