Ramon Rivera Guitian.

Ya estamos inmersos en plenas fiestas de “Don Carnal” donde los humanos solemos dar rienda suelta a nuestra parte más primitiva.

Por estas fechas, rememoro aquellos tiempos felices en que no existían los “veganos” ni las “amazonas cabreadas” y el pueblo llano aparcaba los problemas cotidianos para disfrutar sanamente de unas celebraciones sencillas, donde los macarras tatuados y de aspecto cuidadosamente descuidado no nos “tocaban los testículos” con sus ropajes apretados y sus selfis, y las niñas aprovechaban la ocasión para exponer al público sus hermosas mercancías, hasta aquella fecha ocultas bajo los sibilinos pliegues de los uniformes escolares, y algunas, no todas, se maquillaban como muñecas chinas y tentaban nuestros instintos con su expresión pícara e inocente. ¡En fin, todo un deleite para los sentidos! 

El rey de las comidas era ¡cómo no! el cerdo en todas sus variedades, nuestro homenajeado ocupaba lugar de honor en nuestras mesas, adornado con un collar de grasientos chorizos que, a modo de “toisón de oro”, realzaba su dignidad.

El pueblo hacía gala de una alegría sana divirtiéndose con cuatro perras, libre de las intromisiones de la ingeniería social de los infectos políticos, con su acusada predilección por meterse en las vidas ajenas, creando una falsa impresión de bienestar a base de organizar festejos callejeros donde falta lo más auténtico, la “diversión natural”. Hoy, los hombres acudimos, cuando lo hacemos, a esas “organizadas cabalgatas”, con nuestra mochila cargada de problemas económicos y, a veces, humanos, que constituyen la cárcel perfecta, que nos acompaña como una pulsera carcelaria que nos sigue allá a donde queramos huir. Pero, olvidemos nuestras miserias y volvamos a los recuerdos fieles a la vieja frase de EN MI HAMBRE MANDO YO. Por aquellos tiempos, cuando no se conocía el colesterol ni los triglicéridos, se iniciaba el ceremonial comisionando a un experto (como dicen los cursis), en este caso mi querido padre, para realizar y llevar a buen fin la adquisición de todo aquello, propio de la liturgia carnavalesca: la cachola, el lacón y los chorizos, el resto de las viandas: los grelos y las patatas quedaban al buen criterio de las damas que se encargaban del servicio doméstico al frente de “LOS FOGONES” que, por aquellos tiempos, se denominaban COCINAS ECONÓMICAS. Los vinos, que por entonces no eran de aromas afrutados, con sabor amaderado a roble viejo, aroma a regaliz y a sotomonte (habría que preguntarle al memo que inventó la frasecita si él conocía el Sabor del Sotomonte, aunque me inclino a creer que sí, dado que de puro idiota se habría caído varias veces en el campo donde alguna boñiga vacuna emboscada y justiciera esperaba el momento de embadurnarle la cara en un acto de justicia poética).

Los sucesores de Canzobre

Y, volviendo al vino: algún tinto gallego, de esos que no se beben se mastican, que para los muy viajados podía ser sustituido por algún tinto de Rioja, hijo de D. Federico Paternina que, por aquel entonces, reinaba en el gallinero vitivinícola. En casa era el tiempo de la hégira de las antiguas sirvientas ya jubiladas, que acudían en tropel para vernos, cansadas de parlotear con las vacas en la soledad del prado y deseosas de participar en la confección de las orejas, y las filloas, que a veces se rellenaban, por aquello de asegurarse un “buen pasar” y mantener una buena reserva de azúcar para cuando los médicos, pisoteando nuestros derechos civiles más elementales, nos prohibiesen el consumo de dulces, no obstante, en mi casa éramos tan golosos que contra viento y marea se traían a mayores profusión de pasteles. En mi familia se decía que después de una generosa comida aún había que llenar, lo que mi abuela denominaba, EL HUECO DEL DULCE y aquí nos tienes, sentados en torno a la mesa en duro enfrentamiento, con la bandeja de deliciosas golosinas. A mí con los pasteles siempre me ocurrió lo mismo que con las mujeres: que según estaba degustando uno ya estaba oteando el resto en busca del siguiente, pero todo valía en aras de prolongar mis placeres gastronómicos, y como no fumaba veía con envidia a mi padre que, harto como una boa después de despacharse a una presa, saboreaba su habano que junto a la copa de coñac constituía el sumun del disfrute posterior al banquete. Por esos días, las ya ancianas abuelas se soltaban el corsé y regaban el condumio con los exquisitos caldos, para rematar la función con una copita de Marie Brizard, lo cual les llevaba a aflorar en las mejillas unos incipientes coloretes, que las hacían aún más adorables a ojos de sus nietos.

Fagil, Pepe Marqués y Cantero

Recuerdo una inquilina nuestra, Dª Genoveva, que cuando venía a pagar el alquiler mensual de su piso, sabedora de que mi abuela no sólo le rechazaba el dinero, sino que en función del grado de necesidad que percibiese, la cargaba de huevos, frutas y otros manjares, nos obsequiaba en justa correspondencia con unas deliciosas galletas de nata que eran mi perdición, y convertían el pasillo de mi casa en un continuo ir y venir a la despensa, dado que no podía dejar de comerlas. Y la pobre Dª Genoveva, mujer empobrecida por la guerra y cocinera excepcional en fase de extinción, añadía por estas fechas a las galletas cotidianas un postre casi en desuso por su exotismo: “las flores”, un manjar atípico por su presentación, que gozaba entre nosotros de gran predicamento. Y, una vez concluida la ceremonia, se iniciaba la salida de los jóvenes varones tratando de atracarse de la única carne que, según mis modestos conocimientos, no harta nunca ni es perjudicial para la salud: “la de jovencita”. Sobre este particular me ocurrió una anécdota que no quiero dejar de contar:

Teníamos, en mi juventud, una costurera que venía dos días por semana para atender las necesidades de mantenimiento de las ropas y el ajuar de la familia, se llamaba B… y era redondita, muy bien hecha y a la sazón frisaba los treinta años. Por entonces, ya se habían inventado los sujetadores que juntaban los pechos femeninos generando un hermoso escote profundo del que uno no podía apartar la vista. B…, sabedora de su poder, jugaba conmigo a su antojo ya que a mis catorce años estaba en plena actividad volcánica. Un martes de carnaval me fui con mis amigos a un local de baile, conocido como el Seijal, propiedad de D. José María, un muy querido profesor de matemáticas que se vio obligado a regentarlo por haberlo heredado su esposa. Allí se vivían las mejores emociones, pues en los bailes de las Sociedades uno se sentía vigilado por el GRAN HERMANO, que luego originaba comentarios desaprobatorios en boca de las “viejas brujas del lugar” para las que mi abuela tenía una frase que zanjaba toda crítica ¡AMARREN A SUS JACAS QUE MI POTRO ANDA SUELTO!

Y volviendo a los nacarados pechos de B…, al entrar en el Seijal me vi atacado por una figurita, que me era vagamente familiar, enfundada en un capuchón, enseguida me sacó a la pista donde comenzó la “fase exploratoria” que ella armonizaba con una risita nerviosa. Cuando llevábamos una media hora en la que nos asemejábamos a esos siameses que sólo se separan mediante delicadas operaciones quirúrgicas, yo presenté mi solicitud, pues mis hormonas ya silbaban como la válvula de una olla a presión, ella me dijo que tenía que irse, que otro día. Y, así me quedé, arrastrando mis castigados testículos como si fuesen un par de maletas llenas de libros y, cuál fue mi sorpresa cuando, pasadas las fiestas, me levanté un día de la cama y al entrar en la sala de estar me encontré con B… a pie de la “Singer” con su sonrisa picarona y su hermoso escote que, al decir de mi padre, era la consecuencia de que B… era “VIZCA DE PEZONES”, designación científica a la que mi progenitor acudía, sólo en casos excepcionales, cuando se veía obligado a extender su magisterio para bien de mi ignorante persona. Enseguida me di cuenta de que las risitas de B… tenían un oscuro significado, y en un ejercicio mental inverso la vestí con un imaginario capuchón y fue, entonces, cuando caí del caballo. Por supuesto que “la faena fue de aliño” quedando inconclusa, por lo cual mis hormonas amenazaron con una rebelión sangrienta que habría de culminar con la aparición de un grano en mi impoluto cutis de imberbe, pero desde ese día el secreto compartido fue un nexo de unión entre los dos, llevado con mucha elegancia por ambas partes y fructificando en un recuerdo bonito que hoy aflora a mi mente ¡QUÉ SERÍA DE EL MUNDO SIN MUJERES!

Y sin más por el momento vaya a mis queridos lectores mi deseo de que hayan disfrutado unos felices carnavales “a la antigua”. Siempre suyo.

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Imágenes cedidas por Roberto Fagil