No tengo tiempo para tener pareja, me cambiaría la vida y no estoy preparada. Así me dijo una amiga con la que suelo compartir un vino, acompañado de una larga charla en donde semanalmente nos contamos las vivencias laborales.

Esas amigas que cuando necesitas desahogarte aparecen para escucharte y escucharla, esas que siempre están como tal cual fuese la hermana mayor.

El Satisfayer y la Champions copan el espacio y vacío dejado tras un sinsabor, ya no hay paciencia, ni un programa de televisión juntos.

Ya no está de moda el «No tardes en venir a la cama», salvo mirar quién te escribió o el cotilleo.

Quise amar en la noche,
y la oscuridad
llevaba el misterio de mi amor
envuelto en nieblas por calles vacías,
entre dos luces
escuchaba recitar
a los poetas del alma
sus poemas de amor
y en la soledad de mi destino
no estabas tu.

Ya no existen los baños calentitos, ni el hoy cocino yo, revisamos las últimas noticias y con ellas nos damos la razón o nuestro punto de vista sin poder escuchar a esa persona que en tantos momentos nos hace falta, apagamos la luz y la cama es grande, cómoda, pero ese rincón de tantas charlas, complicidad y de pensar, solamente lo utilizamos para cerrar los ojos.

El vino, la cita a ciegas y las copas de madrugada llenan por momentos esa ausencia de calor, ese calor del hogar en donde todos los niños crecimos rodeados de nuestros padres.

Nos hemos enganchado a series, redes sociales y vermú al mediodía, un fin de semana más poniéndose guapo para dormir solo o mal acompañado, ya no hay ese misterio.

No existe la paciencia, comprensión y el miedo asusta.

Seguramente nos hubiésemos hipotecado por un quédate, no te vayas, pero el orgullo y estupidez matarían las ganas.

A una mentira de perder lo que queremos por no decir la verdad, el no me importas, pero tampoco te vayas, por no atrevernos.

El pánico acecha cuando hablamos de relación, gusta más el no busco nada, el ya nos veremos.

Nos pasamos horas solos y algún día nos iremos solos, no nos gusta escuchar la verdad salvo la nuestra, esa versión repetitiva de estoy solo por qué quiero.

Nos engañamos, nos mentimos una y otra vez, mientras uno tras otro termina haciendo su vida, cambiamos de amigos pero no de costumbre.

La soledad elegida, es la enfermedad del siglo en el que vivimos.