José Manuel Dapena Varela 

Abogado

Si este artículo pudiera tener banda sonora, me inclinaría por que se oyera la canción «HEROES», de David Bowie, interpretado por él mismo o por Peter Gabriel. Porque hablar del pequeño comercio sin duda es hablar de héroes y heroínas. Solamente desde el arrojo y el espíritu de la aventura se puede entender esa voluntad de dar el paso cara a los riesgos y los sinsabores a que se enfrentan, por vocación o por necesidad, quienes deciden abrir un negocio, un establecimiento comercial o profesional, como opción para ganarse la vida. Las mujeres y los hombres “autónomos”.

Acompaña a este texto una fotografía que ilustraba en un diario coruñés, hace ya un buen número de años, una crónica sobre la crisis del pequeño comercio en A Coruña, uno de los pilares de la economía de nuestra ciudad, asentada en gran medida en el sector servicios, tras la merma del tejido industrial metropolitano. El establecimiento cuyo escaparate yo contemplaba de modo casual (perteneciente a un negocio con pasado raigambre en nuestra ciudad) ha desaparecido, sustituido por un local de hostelería. Toda una metáfora y una particular radiografía de la realidad actual.

De la comprensible evolución comercial y de la normal renovación de establecimientos se ha pasado a una grave crisis (que se prolonga en el tiempo) del pequeño comercio, una especie en auténtico peligro de extinción. Las nuevas aperturas de empresas y negocios se saludan como hazañas de valientes.

Diversos factores se han sumado para originar una suerte de tormenta perfecta: la recesión económica, el final de las rentas antiguas, los nuevos hábitos de consumo, las compras por internet, la proliferación de medianas y grandes superficies, las multinacionales textiles ; sin olvidar un enfoque autocrítico por la falta de adaptación de algunos pequeños establecimientos a las nuevas realidades y a las nuevas tecnologías.

En suma, demasiados obstáculos para la supervivencia de algunos de los negocios más señeros y longevos de la ciudad. Renombradas sagas familiares han cesado en su actividad en estos últimos tiempos. Calles comerciales emblemáticas están ahora de capa caída: no son ni remotamente lo que eran. Y muchos barrios languidecen, con infinidad de bajos que suman años cerrados. Cada vez nos entristecen más y más calles sin vida comercial, sin luz de escaparates. Los carteles de «se alquila», «se vende» o «se traspasa» proliferan como setas en los bajos de los edificios.

La preocupación por el mantenimiento de la actividad es una constante. Un establecimiento que cierra es una herida en el cuerpo del barrio o de la localidad. Se pierde vida social, empleo, población y futuro económico.

El ritmo de destrucción de negocios es mayor que las altas incentivadas por las ayudas al autoempleo. Las estadísticas así lo reflejan. Son precisas políticas que ayuden a levantar cabeza a este delicado sector; planes de choque que frenen la desaparición de establecimientos comerciales de proximidad, con la consiguiente destrucción de empleo y con el desolador paisaje de deterioro urbano que dejan tras su marcha forzada.

Lo cierto es que no se ofrecen oportunidades reales al emprendimiento y al relevo generacional. El régimen de autónomos, entendido como fórmula de autoempleo, además de sacrificado, no garantiza estabilidad laboral.

¿Es una situación irreversible? Siendo optimistas, deberíamos pensar que después de la tormenta, siempre viene la calma. En nuestras manos, a título individual y colectivo, está frenar esta caída.

Lo barato a corto plazo sale muy caro a medio y largo plazo. Los euros que a veces podemos ahorrarnos con la compra online o en una gran superficie conllevan repercusiones que afectan a nuestro entorno inmediato, a nuestras calles, a nuestros barrios, a nuestras localidades.

Llamadme romántico, pero quiero seguir conociendo y saludando a mi carnicero, a mi panadera, a mi frutera, a mi charcutero, a mi zapatero, a mi barbero, a mis libreros…. No quiero que se pierdan esas relaciones de complicidad comercial. Me gustan las personas y me gusta la vida.

¡Salvemos el pequeño comercio de proximidad!