Carlos Marcos

Empresario y Pedagogo 

Lo que está sucediendo en esta nueva etapa del Real Club Deportivo de La Coruña debe servir de ejemplo para otras instancias más allá del ámbito deportivo. Sé que es arriesgado escribir esto hoy viernes cuando dentro de dos días el Dépor se la vuelve a jugar ante el líder, pero quizá esta circunstancia refuerce el mensaje que pretendo trasladar. Apuesto, quede claro, por otra victoria de los coruñeses, pero, si así no fuera, no cambiaría en absoluto la gran victoria que el nuevo consejo ha conseguido ya: la comunión de afición y equipo es una realidad y esa unión es la mayor garantía de éxito con la que cuenta el cuadro coruñés.

La Coruña ha demostrado que su fuerza, cuando está unida es imparable y que nuestra resiliencia está más que contrastada. El tándem Vidal-Cebrián ha inyectado a la afición una ilusión renovada y la grada se siente ahora protagonista del devenir de su equipo. Se respiraba este ambiente el pasado jueves en el estadio de Riazor, las gradas volvían a estar pobladas y el equipo sentía la fuerza que le llegaba desde el corazón del deportivismo. Y es que cuando se trata del Deportivo o de La Coruña, todos, con irrelevantes excepciones, ponemos por delante el interés general y dejamos al margen diferencias de cualquier tipo.

Me gustaría destacar el talante dialogante y pacificador del equipo rector recién elegido, apartando rencores y diferencias y sumando pasado, presente y futuro de un Club histórico que se niega a perder la estela que sembró el super Dépor hace ya algunos años. Y es que los responsables saben el daño que le hizo al Deportivo seguir el camino de la desunión y las diferencias, cuando no rencores impostados que tanto nos debilitaron y que nos llevaron a hacer saltar todas las alarmas. En muy poco tiempo, se cuenta por días, el club coruñés ha pasado de la crispación a la paz social, de la decepción al entusiasmo y de los egos desmedidos a la humildad de unos gestores que, desde esa humildad, ceden todo el protagonismo al equipo y la afición, renunciando voluntariamente a un protagonismo que, por derecho, podrían disfrutar. No es nuevo, Fernando Vidal supo renunciar en su día a su presencia en la dirección del club para retirarse discretamente, con elegancia y sin aspavientos en una actitud que beneficiaba al equipo y ha sabido volver cuando el equipo lo necesitaba. Vuelve rodeado de personas generosas con un evidente corazón blanquiazul y dispuestas a dejarse la piel en la tarea, personas que han abandonado la parte del problema para pasar a la parte de la solución y ponerse manos a la obra y este, queridos amigos es el mensaje que debe calar en el deportivismo: no hay rencores si no amores, no hay vendettas si no compromisos, no hay retrovisor si no futuro.

Ahí juega también un importante papel el empresario Rodríguez Cebrián, quizá muchos sepan que su abuelo presidió hace muchos años el club coruñés, pocos sabrán que su propio padre, al que sus amigos llamaban cariñosamente “presidente” fallecía a las puertas del estadio tras un partido del Deportivo, pero esas dos circunstancias dejaron una impronta imborrable en Rodríguez Cebrián que acudió, sin dudarlo, a aportar su grano de arena para la resurrección de un Deportivo que agonizaba. Claramente no busca protagonismo, no lo necesita, pero su aportación fue valorada con gran inteligencia por Fernando Vidal. Ahora otros deben tomar nota de lo que está sucediendo en La Coruña y recuperar la idea de que juntos nuestra ciudad es imbatible, que no vale el dejarse ir por la inercia, que hay que actuar, que nada es definitivo y que una reacción a tiempo puede solventar con éxito cualquier adversidad.