Carlos Marcos

Empresario y Pedagogo

Vivimos este debate de investidura con preocupación, con cierta perplejidad y con un absoluto desconocimiento de lo que en realidad se ha pactado para alcanzar este acuerdo Frankenstein, como le gustaba llamarlo a Rubalcaba.

Sabemos algunas cosas que tampoco ayudan a conciliar nuestro sueño, como por ejemplo que el pacto es celebrado por formaciones como Bildu o ERC lo que nos llama a la reflexión y a la preocupación, también sabemos que al menos siete de los partidos que lo suscriben no creen en la Constitución, en el mejor de los casos, o que la quieren destruir en sus máximas aspiraciones y todo ello sin conocer por qué pretenden sustituirla. Y claro, con estas dos certidumbres es difícil pensar que ninguno de ellos está pensando en España cuando firman el documento, por ello nos preguntamos si con estos mimbres se puede hacer un gobierno para todos los españoles.

Algunas otras cosas no las sabemos, pero poco a poco nos las ven metiendo con edulcorantes y otras con vaselina, como decía el socialista Page como la desaparición de la Guardia Civil de Navarra o esa consulta-referéndum que ya acepta el ministro Ábalos para Cataluña y, como no, todos vemos ya en nuestro imaginario al secesionista Junqueras paseando por Europa adelante y a Puigdemont volviendo a Gerona al grito de “ ja soc aquí”.

Todo esto son partes de una factura cara, desproporcionadamente cara, que Sánchez y el PSOE parecen dispuestos a pagar con un talón al portador a sus socios de gobierno para asentar sus posaderas en la Moncloa con pleno derecho. Para esto, vaselina en cantidades industriales y para lo demás, edulcorantes en forma de discurso coral que ya entonan desde el PSOE y también desde los medios de comunicación afines al sanchismo esperando, eso sí, sus treinta monedas para resarcirse del apoyo prestado a esta operación que pone en peligro la unidad de España y la tranquilidad de todos los españoles. Porque ese discurso implementado desde los poderes fácticos y mediáticos cercanos a Sánchez, según el cual este es el gobierno que votaron los españoles es falso de toda falsedad. De verdad alguien se cree que votamos para darle una alegría a Bildu o a ERC, acaso votamos para que Garzón sea ministro. O para darle el mayor poder de la historia a una pareja, la de Galapagar, que en unos días se acostarán siendo vicepresidente y ministra respectivamente, estoy convencido de que no. Sánchez se apresuró a firmar un acuerdo con Podemos porque vio en peligro su sillón.

El oscurantismo de las negociaciones, la falta total de transparencia, el silencio de los podemitas alrededor de las negociaciones, anuncian letra pequeña en un acuerdo que nos concierne a todos. Sabe Dios donde quedan aquellas proclamas de los morados sobre transparencia y las reuniones secretas que, según anunciaban, iban a desaparecer con su nueva política.

En realidad, aquellos anuncios eran mentiras bien embaladas en papel de regalo, pero olvidaron sus promesas para enterrarlas bajo la alfombra roja a la que le han cogido tanto apego que la vieja casta es ahora solo una caricatura ante esta nueva casta populista acomodada al poder y no se engañen, no quieren el poder para no hacer nada, quieren colar sus políticas sectarias y fundamentalistas del comunismo más rancio en las estructuras del poder para actuar como termitas del sistema.

Así lo hicieron en Venezuela, país inmensamente rico por naturaleza, sumido en la hambruna de su pueblo y la riqueza enorme de sus dirigentes. Ahora nadie lo reconocerá, pero estamos ahí.