Por Omar Bello 

Era el de ayer un día gélido en territorio asturiano. Había derby entre Oviedo y Sporting y a mi me tocaba ir. Es un partido de los que a cualquiera le llaman la atención, aunque luego tengan poco fútbol. Antes, mi equipo también jugaba derbys, y los ganaba. Luego, empezó a perderlos, y ahora ya no los disputa. Una lastima.
El caso es que ayer era el sorteo de Copa, una competición remodelada y que estrena formato. Con tanto cambio, uno ya no sabe que rivales le pueden tocar a su equipo, pero lo que sí sabía es que es el torneo en el que participan Dépor y Celta. Si quedaba alguna esperanza mínima de tener derby, ahí estaba. Y tras una mañana atareada y a pocas horas del partido en el Tartiere, yo estaba comiendo con un compañero cuando una alerta del móvil me confirmó que el sorteo ya se había celebrado. Entre la fabada y el cachopo reglamentario, comprobamos que de derby nada (puede que esa opción no estuviese aún en esta eliminatoria sobre la mesa). Nos había tocado un modesto equipo zaragozano. Y entre mi compañero y yo surgió la frase: «anda que como ganemos la Copa y bajemos a Segunda B…». Lo de la Copa tenía su gracia, lo de la Segunda B, ni la más mínima. Y por desgracia, una cosa es ahora bastante más factible que la otra.
Pasó el cachopo, el postre, el café, el derby astur, la tarde y la vuelta a casa. Y ya tocaba dormir. Y soñé, supongo que condicionado por la conversación del mediodía.
Cuando una sueña, suele mezclar personas, lugares y épocas. Sin embargo, el de esta noche lo recuerdo con bastante nitidez, al menos el principio. El Depor se había metido en la final de Copa, aunque en Liga seguía sufriendo. La final era al día siguiente en el Bernabéu ante el Real Madrid. Y yo estaba enfrascado en los preparativos del viaje, que sería en autobús al amanecer, para vivirlo ‘in situ’.
Tras pasar la noche sin dormir, el viaje, por fin, llegaba. Y ese bus plagado de deportivistas era la felicidad. Solo había  ilusión, jóvenes que habían oído hablar de que su equipo ya había hecho esto antes pero ellos no lo habían vivido, junto a otros que queríamos experimentar aquel éxtasis de nuevo. No existían en aquel paraíso blanquiazul ni los reproches entre iguales ni las redes sociales que todo envenaban.
A partir de aquí, los detalles de mi sueño se difuminan. Recuerdo vagamente llegar al estadio, pero el rival ya no era el Real Madrid, sino el Valencia. Cosas de los sueños, supongo. O tal vez de los recuerdos. Lo que sí recuerdo es que ganábamos. No sé nada del resultado, ni de los goleadores, ni quien había levantado la Copa (aunque supongo, por pura deducción, que eso habría sido cosa de Álex Bergantiños, nuestro capitán, coruñés de la Sagrada). En fin, que no me acuerdo de casi nada, pero tengo claro que lo habíamos conseguido y que el séptimo título ya era nuestro. Cuando tocaba celebrar, desperté. Y era lunes.
Había sido un sueño, pero comprendí que era afortunado porque todavía tenía la capacidad de soñarlo. Seguro que no soy el único. Quiero pensar que todos los deportivistas, por inverosímil que parezca ahora, han imaginado o soñado últimamente que su equipo se levantaba, resurgía de sus cenizas y se hacía grande otra vez. Dépor, hemos vuelto a soñarlo, igual que un día lo soñó un tal Augusto. Que tiemblen todos, porque volver a soñarlo, en realidad, no es más que el primer paso para, todos juntos, volver a hacerlo.