Francisco Moran

Se hace duro, muy duro, cada vez más duro, acudir a Riazor. Duro porque no hay nada que Servidora más odie, junto con las sorpresas y la mentira, que las despedidas, o la sensación de que puedan serlo sin casi darnos cuenta.

Muchas cosas pasaron desde que, quien esto escribe, un 12 de Octubre de 1980, apareció por Riazor en segunda B a ver un Deportivo – Ensidesa, que acabó con un 3-0 a favor, y un vetusto estadio que ya rozaba la piqueta de la remodelación para el Mundial 82. Una grada en la que, con paciencia, podías quitar la concha de un berberecho que había ido mezclado con zahorra o diminutos cantos rodados de playa, y que a su vez, iban mezclados con el exiguo cemento Rezola con el que se construyó el estadio. O llevar un almohadillazo con el que rodar grada abajo, porque a alguien no le tocó el sorteo, y lanzó aquel ladrillo verde con publicidad de Record, aquél tabaco canario que era una especie de alivio de luto de los míticos Celtas.

Hace ya casi cuarenta años de aquello, acabábamos de salvar un KO vendiendo a Buyo al Sevilla, cuando, como hoy, nos encontramos ante la terrible duda de si podremos seguir caminando o reventar. La cruel vuelta a la casilla de inicio en el Juego de la Oca después de haber caído en el funesto pozo que hoy nos hallamos, por una gestión catastrófica a todos los niveles, de la que unos pocos avisamos, y nadie, o casi nadie, supo, pudo, o lo que es peor, quiso escuchar.

Una brecha de división en lo social se generó por las luchas intestinas entre quienes denunciamos lo que estaba y sigue pasando y quienes, ciegos, no vieron lo que se avecinaba, brecha por la que hoy agoniza el Club, y agravada por otra más cruel y triste aún, que está empezando a gestarse, y de la que nos lamentaremos a no más tardar, si todo no acaba saltando por los aires: la brecha generacional.

Hace no mucho más de tres décadas, ir a Riazor era ver a abuelos con nietos padeciendo un fútbol primitivo, ramplón y vacío. Olor a faria y al carajillo del bar, frío, lluvia y viento. Y fe, fe para mover montañas de los que íbamos y rezábamos por ver al menos una vez al equipo en primera, después de escuchar una y otra vez gestas que hoy en día, después de lo vivido, no parecen más que notas al margen en una somera y extensa relación de éxitos. Pero el drama está ahí: los que hoy somos padres, vemos cómo nuestros hijos renuncian a ver al equipo. No les interesa, les aburre. A esto hemos llegado. A la sensación, salvando las distancias, de como si estuviésemos viendo morirse a un familiar y no pudiésemos hacer nada, y nuestros hijos pasen de ver semejante espectáculo.

El Conde de Romanones, solo, en un banco de la estación del Escorial, presencia la marcha del tren en que han salido de España la reina Victoria y sus hijos. (16/04/1931)

Y al final, con estas dos brechas ya casi insalvables, mucho nos tememos que al final sólo nos quedarán recuerdos: el casi único motivo por el cual seguir alzando la cabeza y la mirada cuando haces El Camino Más Bonito del Mundo y sentir un inmenso orgullo por lo conseguido; y el inmenso agradecimiento a quienes, con El Que Más Sabe a la cabeza, con sus aciertos y sus errores, nos hicieron grandes, muy grandes, más que lo que jamás pudimos soñar en nuestros sueños más exagerados. Y ahora, ya casi no nos queda más que sentarnos en un silla, como hizo el Conde de Romanones cuando despidió en una estación de Madrid a un Alfonso XIII que marchaba a un exilio del que nunca más volvió, y sentir una profunda desazón por lo perdido y la incertidumbre de un negro futuro y, muy posiblemente, ya inevitable.

(Este artículo es la segunda parte del publicado en su día: http://fm67.blogspot.com/2014/01/la-silla-de-romanones.html )