Cada día es un andar

que reclama un nuevo paso,

ante ti siempre el camino

sin acabar comenzando,

el tiempo es como espada

y no permite descanso.

La lluvia cae tranquila, suavemente como el “orballo”, nadie lo nota, aunque nos empapamos de agua, como por mi interior cuando lloro y mi alma seca las lágrimas de sal.

Las hojas diarias del calendario comienzan a caer como si fuese un otoño anticipado, días que marcan para siempre.

Deseaba que llegara julio. Casi finalizando, me doy cuenta que pasó con pena y sin gloria, sucesos, días grises y despedidas de un mes amargo. Decisiones, pasos y sentimientos encontrados, esos que al recordar momentos, hacen que a la orilla de la mar, de repente se escapen unas lágrimas.

Por el cantil de las mejillas corrieron lágrimas dulces y amargas, un llanto consentido, noble, sincero y necesario, un llanto de recuerdos al fin y al cabo.

Un mes menos para la vuelta a la rutina, el verano más raro, acompañado de cicatrices en la piel y en el alma. Las de la piel se curan con el tiempo, las del alma dejan imborrable huella, son imperecederas.

A veces es dulce llorar y que las lágrimas caigan en la mar de mareas vivas que azotan litorales de despedidas navegando como un mensaje triste, que encoge el alma y arrecia en suspiros.

Quedan pocas hojas en el calendario del mes de julio, caminamos hacia el ecuador del verano y ayer, pese al buen tiempo en mi playa, la de toda la vida, noté escalofríos que agonizaron en mi alma. Fue una tarde muchas veces añorada y pensé:

Lo que cansa en el camino

es dar el alma en los pasos,

lo que agota es ir con ellos

en al andar caminando.

Un verano como muchos, mirando a la mar y recordando que no todos los días sale el sol, ni tampoco llueve, cruel e injusto igual que una despedida, triste y nostálgica.

Volverán las golondrinas, escribió Bécquer, volverán y serán otras las que aniden en el balcón de mi alma y corazón, y no dejarán de ser golondrinas.

Los días de sol, nubes, sonrisas se zambullirán en el olvido, también las chaquetas y un cuídate en un arenal pálido y gris como la mayoría del mes.

Echaré siempre de menos una charla, un café o un atardecer en una terraza, viendo entre sonrisas cómplices de sentimientos compartidos, la puesta del sol. Un adiós sin ruido y a media voz, susurrando como cuando se acaba el crédito en una partida del Candy Crush. La suerte estaba echada, a punto de morir un mes diferente, en nada se parece al de años anteriores.

Ese mes de julio, el atrevimiento de una situación y el bello atardecer del último domingo, se dijeron adiós ante la mirada de la belleza perfectamente imperfecta, mientras las olas de nuestra playa interpretaban bellas melodías, ninguna de ellas eran de silencios ni de adioses.